viernes, 7 de marzo de 2025

Las fotos de Gerardo de la Bienal de Córdoba de 1979

 Por Pavla Ochoa

No lo puede creer. El sol se desliza rasante, casi alegre. Está a metros de ese dibujante que leía de pibe con su Vito Nervio en la Patoruzito.  Aún no olvida que fue uno, como tantos lectores, que creyó que el viejo se había vuelto loco con Sherlock Time en Hora Cero. En esas páginas semanales, Gerardo, respiró y sintió, cada chorreo de tinta. Le explotó la cabeza con la aventura de la Antártida. Pero, todas esas ideas surgidas de la cabeza de Oesterheld esa agüita fresca, empaparon sus sueños, su sangre con un deseo; “ser dibujante”.

Tanto busco ser parte de este oficio, que, con esfuerzo, a los 19 años se pudo pagar el curso en la Escuela Panamericana de Arte de la calle San José 715.  Se anotó quizás esperando ser alumno de Breccia, cosa que no se dio, porque finalmente ese curso fue brindado por Daniel Haupt. Pero, en esos dos años, respiró historieta pura. Ahí se juntó con algunos muchachos que conoció y fueron en busca de su sueño compartido. Alquilaron un taller y arrancaron a perseguir la posibilidad de publicar sus trabajos. Eran años difíciles para la historieta en Argentina. Había cerrado Editorial Frontera y casi todo quedaba reducido a lo que publicaba la Editorial Columba. La sensación era que la historieta estaba agonizando. Nada, lo detuvo. Siguió su sueño de dibujar intercalando con su trabajo administrativo. Entre idas y vueltas, comenzó a publicar una adaptación de la película “Estación Polar Zebra”, para las revistas de Columba. Guarda en su corazón esa madrugada en la Estación de Constitución cuando se compró varios ejemplares de Fantasía, donde estaba su primera historieta. Esa noche, tenía una emoción muy grande, sentía que estaba desparramado por todos lados y que lo que había hecho estaba transcendiendo.  Una emoción como la que siente en este momento.

No lo puede creer. Está en la Cuarta Bienal del Humor y la Historieta en Córdoba, compartiendo con esos maestros. En pleno viaje de excusión a Colonia Caroya, no pudo evitar acercarse a Breccia y pedirle una firma en su cuaderno donde viene juntando dibujos y firmas de quienes leyó de pibe. Pipiolo, no solamente le hace una firma con dedicatoria, sino que le regala un dibujo de su caricatura. Se asombra de verlo dibujar con tanto movimiento en el ómnibus. Está feliz de respirar ese mundo. Al llegar al convento religioso de Villa María, saca su cámara de fotos y comienza atrapar momentos. Lo ve cerca de Moebius, les pide permiso y arranca la sesión fotográfica. Son pájaros que miran desde la jaula. ¿O en realidad es Gerardo quién esta enjaulado?




No tiene mucho tiempo para pensar, se suman Guillermo Mordillo y Juan Zanotto. Parecen pibes, juegan, posan y el viejo se suma a la bolada. Sin saberlo, Gerardo, está siendo el responsable de obtener fotos con un fuerte valor para quienes, como él, aman la historieta. Breccia, se está riendo y además hace monerías con sus colegas. 



Entonces, piensa, que es la oportunidad de tener una imagen con él. ¿Por qué no? Y ahí le pide a su amigo Héctor, que apriete el botón de click. Por su cara rueda una sonrisa inadvertida, infantil, fuera de tono, ajena a destiempo y sin saber que dejara huella. Abraza ese momento. Abraza ese oficio que elige habitar. El sol comienza a crecer y deja de ser una promesa para convertirse en una fiesta.

 

 



No hay comentarios: