Por Pavla Ochoa
No lo puede
creer. El sol se desliza rasante, casi alegre. Está a metros de ese dibujante
que leía de pibe con su Vito Nervio en la Patoruzito. Aún no olvida que fue uno, como tantos
lectores, que creyó que el viejo se había vuelto loco con Sherlock Time en Hora
Cero. En esas páginas semanales, Gerardo, respiró y sintió, cada chorreo de
tinta. Le explotó la cabeza con la aventura de la Antártida. Pero, todas esas
ideas surgidas de la cabeza de Oesterheld esa agüita fresca, empaparon sus
sueños, su sangre con un deseo; “ser dibujante”.
Tanto busco
ser parte de este oficio, que, con esfuerzo, a los 19 años se pudo pagar el
curso en la Escuela Panamericana de Arte de la calle San José 715. Se anotó quizás esperando ser alumno de
Breccia, cosa que no se dio, porque finalmente ese curso fue brindado por Daniel
Haupt. Pero, en esos dos años, respiró historieta pura. Ahí se juntó con
algunos muchachos que conoció y fueron en busca de su sueño compartido. Alquilaron
un taller y arrancaron a perseguir la posibilidad de publicar sus trabajos. Eran
años difíciles para la historieta en Argentina. Había cerrado Editorial
Frontera y casi todo quedaba reducido a lo que publicaba la Editorial Columba.
La sensación era que la historieta estaba agonizando. Nada, lo detuvo. Siguió
su sueño de dibujar intercalando con su trabajo administrativo. Entre idas y
vueltas, comenzó a publicar una adaptación de la película “Estación Polar Zebra”,
para las revistas de Columba. Guarda en su corazón esa madrugada en la Estación
de Constitución cuando se compró varios ejemplares de Fantasía, donde estaba su
primera historieta. Esa noche, tenía una emoción muy grande, sentía que estaba
desparramado por todos lados y que lo que había hecho estaba
transcendiendo. Una emoción como la que
siente en este momento.
No lo puede
creer. Está en la Cuarta Bienal del Humor y la Historieta en Córdoba,
compartiendo con esos maestros. En pleno viaje de excusión a Colonia Caroya, no
pudo evitar acercarse a Breccia y pedirle una firma en su cuaderno donde viene juntando
dibujos y firmas de quienes leyó de pibe. Pipiolo, no solamente le hace una
firma con dedicatoria, sino que le regala un dibujo de su caricatura. Se
asombra de verlo dibujar con tanto movimiento en el ómnibus. Está feliz de
respirar ese mundo. Al llegar al convento religioso de Villa María, saca su
cámara de fotos y comienza atrapar momentos. Lo ve cerca de Moebius, les pide
permiso y arranca la sesión fotográfica. Son pájaros que miran desde la jaula.
¿O en realidad es Gerardo quién esta enjaulado?
No tiene mucho tiempo para pensar, se suman Guillermo Mordillo y Juan Zanotto. Parecen pibes, juegan, posan y el viejo se suma a la bolada. Sin saberlo, Gerardo, está siendo el responsable de obtener fotos con un fuerte valor para quienes, como él, aman la historieta. Breccia, se está riendo y además hace monerías con sus colegas.
Entonces, piensa, que es la oportunidad de tener una imagen con él. ¿Por qué
no? Y ahí le pide a su amigo Héctor, que apriete el botón de click. Por su cara
rueda una sonrisa inadvertida, infantil, fuera de tono, ajena a destiempo y sin
saber que dejara huella. Abraza ese momento. Abraza ese oficio que elige
habitar. El sol comienza a crecer y deja de ser una promesa para convertirse en
una fiesta.



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