Por Pavla Ochoa
Haedo-Miércoles 01 de noviembre de 1993
Se miran
fijamente a los ojos como si fueran pistoleros del viejo oeste, en pleno duelo.
Sus pies, han caminado desempolvando viejas bibliotecas. Buscando esos
folletines y pulps que leyó de joven y que desesperadamente colecciona. Tiene
en frente, a ese joven que ama la literatura de Lovercraft. Con él, se encontró
en el Parque Rivadavia en el puesto de ese amigo en común, Yoel Novoa. Ahí están ahora, en la casa de Haedo, negociando.
No hay plata de por medio, sino libros y dibujos originales, para el trueque.
Alberto, saca una caja
con dibujos y de reojo mira los libros que Eduardo, coloca arriba de la
mesa. Quizás imaginando encontrar algo de Gastón Leroux, ese menjunje
inexplicable de folletín policial, terror, que está leyendo por esos días. Le
pregunta, mientras el joven negociante se prepara para el trapicheo;
-¿Trajiste
algo de las novelitas de “Misterio”, esas editadas por Tor, que dibujaba Macaya?
-No, Alberto. Lo que tengo son algunas series de novelas de esas que tiene anotadas en su cuaderno rayado…
-¿Cuáles?
-Tengo una
colección completa de Pucky…
-Esas son
cosas que leía de pibe…todo ese tipo de folletines…por eso ando buscando estas
cosas.
-La
conseguí en Montevideo.
-Uy , pero
son muchos números…
-Por algo
hay que empezar …
- No sé si
la próstata me va a dejar terminarlas…
-Ehhhh… No,
Alberto… como dice eso…
-Más si …Me
va a dejar- Breccia, suelta esa frase
con olorcito esperanzador, Eduardo, le cambia de tema:
-En estos
días estuve pensando en algo que escuché alguna vez en una entrevista que le
hicieron y que creo que podemos hacer juntos. Se me ocurrió que usted haga una
película sobre el cuento de Lord Dunsany ; “Cuando suben y bajan las mareas” y
yo le banco la producción. Y en simultaneo, yo hago otra película mostrando
como usted filma. ¿Le gusta la idea?
- Si, puede
ser. - Pero, cortándole la volada, el viejo lo vuelve a tirar a la arena del
trapicheo que es lo que los convoca:
-Tenes algo
de Seston Blaque?”.
Eduardo, se
ríe, al escucharlo pronunciar el nombre del famosísimo detective de ficción;
Sexton Blake. La sonrisa se hace infinita al estar frente a frente, con ese
hombre que tiene como una de sus novelas favoritas a ;“Bacalao” de Gastón Leroux.
Esa donde un mono tras una operación se transforma en humano. También, devora
mucho Víctor Hugo, Sax Romher, combinada con una fuerte dosis de Borges. Le gusta compartir ese berretin con Breccia.
Al viejo, le divierte esos folletines, les encanta las tapas de aventuras y acción
extrema, las colecciona un poco como figuritas. Ambos son de esa especie que
ama lo antiguo, los libros viejos, esos que rescatan de otro tiempo. La razón
de un coleccionista por la cual atesora sus objetos es por nostalgia y Alberto siempre
que hablan, recuerda sus primeros días con esos folletines y pulps.
Pero algo
le llama la atención a Orenstein, a la hora del intercambio. Algo que sucede distinto
a sus anteriores encuentros. A la hora de hacerle elegir los dibujos que es por
lo que cambia lo que le lleva, esa pulseada infinita de ragateo. Esta vez, nada
de eso ocurre. Y eso lo asombra, porque Alberto, es muy reacio a dar de más y
él pelea lo suyo, por más que está dispuesto a darle todo lo que pida. Hoy ese
ritual de negociantes es diferente:
-Alberto, ¿puede ser este dibujo?
-Sí.
Eduardo, se
quedó con una sensación muy extraña por dentro, por esta tajante monosílaba de
respuesta de Breccia. No le gusto. Tiene esa sensación similar a la de dos
luchadores que están peleando mano a mano y de repente uno se da por vencido.
Siente que es una transa de despedida. Tiene un sabor muy amargo en el corazón,
pero Pipiolo lo vuelve a sacar de esa emoción desencontrada al verlo acercarse
a su biblioteca e intentar husmear un libro; “¡Saca esa garra y vení a tomar
unos mates!”
Entre mates
y libros, conversan y ríen. Quizá sabiendo que es el último trapicheo entre dos
amigos.
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