domingo, 16 de marzo de 2025

El ayudante de Eugenio Zoppi y Alberto Breccia: Horacio Lalia


 Por Pavla Ochoa


Sueña con dibujar historietas. Se muere de ansiedad. De repente, un pibe del barrio le dice, la fija:

-Hay una clienta que viene al comercio de mi papá y el marido es dibujante de historietas y hace un personaje de historietas ¿Te interesa que le hable?

- Si, dale… ¿sabes que personaje es?

-Misterix.

Horacio,  con sus 16 años, se queda inmóvil, Lee esa revista y deduce por instinto, que el dibujante, es ; Eugenio Zoppi. No puede creer, que su sueño este cerca de cumplirse. A la semana, llega la respuesta: tiene que ir a verlo.

 




Al llegar, a la casa, lo primero que hace es contarle que es del barrio y que es lector de historieta. Eugenio, ve la emoción en la mirada y le pregunta sin rodeos:

-¿Le gusta dibujar?

-Sí, mucho. Traje algunas cosas para que las pueda ver…

- Me gusta… Para empezar, le voy a dar tres tiras de Misterix para que le haga el lápiz ¿le parece, bien?

No dudo, ni un segundo. Se fue a su casa y las dibujo. Cuando se las llevó, Zoppi, redobló la apuesta:

-Ah, está bien. ¿Te animás a pasarlas a tinta?

- Claro, maestro…me animo.

Puso el corazón en cada trazo de pincel. El trabajo le gustó al dibujante y así, de la nada, el joven Horacio, se mete al mundo de cuadritos que tanto le gusta leer cada semana.

A los días , Eugenio lo llama por teléfono y le dice: “tengo mi ayudante que se va ¿le interesa venir a trabajar acá?”. Y arranca a trabajar, dibujando y pasando unos fondos a tinta para la revista de la Editorial Abril.

Todo va a mucha velocidad. Se siente Fangio, de sentir el viento en la jeta, de cómo se mueven los días en su inicio en el oficio de dibujar. Pero, aún falta la frutilla al postre.




 A los tres meses, Zoppi, le presenta a su concuñado; Alberto Breccia. Son familia y vivé a seis cuadras de su casa, entre Ramos Mejía y Haedo. Horacio no lo puede creer. Tiene en frente a dos tipos, que le hacen volar la imaginación con lo que dibujan y encima son vecinos del barrio.  En esas tardes, en la que el dibujante de Vito Nervio, va de visita, es el propio Eugenio que al enterarse que se queda sin ayudante, le ofrece a Horacio, como una solución : “ es un muchacho que está conmigo, es del barrio ¿te interesa que lo compartamos?”.

-Bueno...macanudo- respondió sin tanta vuelta, Pipiolo.

 Y así, el pibe que soñaba ser un dibujante profesional, comienza a trabajar con dos maestros del oficio; Eugenio Zoppi y Alberto Breccia.

 No importa, el esfuerzo que le genera tanto trabajo, es feliz con lo que hace.  A la mañana arranca con Eugenio y al mediodía, sigue con Alberto hasta las dos de la tarde. Es feliz, sueña con hacer una historieta y firmarla con su nombre; Horacio Lalia. Por como se viene dando todo, es posible que muy pronto eso suceda. Mientras, dibuja, disfruta y aprende de dos obreros del lápiz.



Fuente: https://laduendes.blogspot.com/2010/07/entrevista-horacio-lalia-primera-parte.html

Foto de Alberto Breccia y Eugenio Zoopi, junto a colegas en la redacción de la revista Aventuras, del Facebook de Patricia Breccia


martes, 11 de marzo de 2025

La lección de Quinterno

 Por Pavla Ochoa

Tiene que ir a trabajar y no tiene un cobre.  Ni a quien pedirle un cobre. Agotó todos los recursos.  No puede viajar para ir a llevar las páginas de historietas y algunas ilustraciones. Va al comedor, agarra sin pensar mucho, una radio vieja y la vende para poder ir a cumplir la entrega. Sus sueños, se van desgastando como las suelas de sus zapatos, de tanto andar.

Le va sintiendo mal olor a la cosa, hasta que un buen día, lo llaman de la editorial “Dante Quinterno”.  Lo quieren dentro, pero no para hacer historieta humorística. Lo quieren para que haga una seria para la nueva revista semanal que quieren sacar; “Patoruzito”.

Es el propio Quinterno, quien le da un argumento de una aventura de Jean de La Martinica para que lo dibuje. Se va a la casa, caminando. Y al llegar hace lo mejor que puede. Sufre cada cuadrito, pero en cada trazo, hay honestidad.


Al entregarle las primeras dos páginas, el creador de Patoruzu, las mira con atención. Va a su escritorio y agarra una hoja en blanco y un lápiz. Y le comienza a analizar su trabajo. Le habla de planos, de secuencia, de cómo se construye una página. Lo hace con mucho respeto. En casi dos horas de conversa, le da una lección de cómo es la historieta. Es la primera y única vez, que un señor dibujante le da una gran lección. 



Todo lo que le dice, le sirve para cambiar totalmente su manera de ver la hoja en blanco a la hora de ponerse a dibujar.  Su cabeza se abrió a otra esfera conceptual. Eso se lo debe a Quinterno. Pero, en su corazón tiene el sabor de la derrota.  No tiene nada, solo un nuevo fracaso en su búsqueda de vivir del dibujo.


Todo es cuesta abajo. Viene de romper el vínculo con Laínez por todo lo que significó su historieta para Torino, en la que la firmó como Ernesto Vaggi, para que la editorial no se diera cuenta de estaba rompiendo el acuerdo de exclusividad por su trabajo. No lo logró, se dieron cuenta y se pudrió todo.

Está en el aire, no tiene trabajo.Se hace una pregunta muy para él ¿Es que un hombre que dibuja no puede vivir en el mundo? ¿Necesariamente debe torcer su vocación y alquilar sus músculos?

Está harto. Algo tiene que cambiar de una vez.  Se sienta frente a la hoja en blanco y dibuja, una y otra vez.

 

 

 

 

sábado, 8 de marzo de 2025

Alberto Breccia: El proletario del lápiz

 Por Pavla Ochoa

 

Amalia Gemelli, tomó la taza de mate cosido, se limpió el delantal y quedó inmóvil viendo el sol por la ventana mientras el sonido de los aviones del ejército sobrevolaba  la ciudad, alentados por un grupo de personas excitadas en las veredas. Miró entre las sabanas a su hijo de once años y sin titubear interrumpió el sueño: “Hoy no vas a ir a la escuela, porque hay un golpe de estado”. Alberto no entendió bien pero pudo deducir que algo había cambiado a su alrededor. En su corta vida lo más importante hasta ese momento había sido atravesar la odisea de hallar la figurita “difícil” y  llenar el álbum de Nestlé. Luego decidió no reclamar el premio; la pelota número 5 de cuero, para  poder quedarse con la colección completa, su más preciado tesoro.

 

Esa tarde salió a las calles adoquinadas y ató al manubrio de su bicicleta unas temperas, unos vasos y  pedaleó de Mataderos hasta San Miguel para hacer paisajes en cajas de cartón de envoltorio de alimentos. De regreso a su hogar, entre paredones de ladrillos, calles de barro y profundas nubes en el cielo que daban la sensación de estar al alcance de las manos, de tan bajas, escuchó los gritos de un joven canillita que difundía la edición extra del diario “Crítica” insistentemente: ¡Revolución! Revolución!  Esta mañana el Ejercito Nacional, al mando del General Uriburu, se levantó contra el gobierno inconstitucional del señor Yrigoyen”. El niño Breccia supo que una etapa oscura había empezado en el país y se juró así mismo estar atento a la realidad política  y contarla a los demás con su arma de fuego, el dibujo.



El pájaro sin jaula


-Estás loco, te dije que no

- Dale, firma.

-No, Rafael y ya no insistas.

 

La secuencia se repitió una y mil veces, pese al esfuerzo descomunal de uno de sus mejores amigos de la infancia, volvía  a rechazar la idea de estampar su apellido a  la ficha de afiliación del Partido Comunista, porque creía que ninguna estructura política partidaria representaba sus ideales.

 

Rafael, ese gomia que lo hizo reír a carcajadas cuando se pinto las medias con pintura negra para entrar a los bailes del rioba, vio en su mirada un rayo en la oscuridad cuando le dijo sin filtro alguno; “Quiero ser periodista”, entre la gente amontonada que esperaba como ellos llenar el plato con “puchero misterioso”, una especie de bolillero de lotería en la cocina del hambre donde el premio era un trozo de carne y el líquido caldoso solo un amargo consuelo.

El 24 de junio de 1935, Tito le comentó que había comenzado a trabajar con su padre de tripero, mostrándole sus manos que estaban hinchadas de esfuerzo pero que iba a comenzar a dibujar. Tres años después, le obsequió el primer número de una revista que hizo con su hermano Miguel llamada simplemente “Acento” con fuerte influencia de la revista Claridad.

Rafael, distinguió que los dibujos estaban bajo el nombre de “Veritas” y se detuvo a leer dos artículos literarios que si tenían la firma de Alberto Breccia.

“Éramos jóvenes e idealistas, con inquietudes sociales (…) Eso sí, la revista la regalábamos porque nadie la quería comprar”; recordó años después el dibujante sobre esa experiencia. En ese momento, Rafael comprendió que él no tenía miedo de fracasar como artista  porque no se consideraba como tal, sino que él se veía a si mismo como un trabajador, lo que le daba libertad, esa era su ideología.





 

Metamorfosis de tinta

Las primeras reuniones con sus pares  del dibujo fueron en la casa del “Tano” Pratt,  donde el vino y la milonga eran los elementos esenciales de esas jornadas nocturnas.

 En medio de risas y anécdotas inventadas por los nuevos camaradas de aventuras, Tito distinguió una voz que rezaba un deseo: “Junto a mi hermano Jorge vamos a crear una editorial de historietas y van a venir todos ustedes a dibujar los argumentos”, pero no prestó mucha atención, porque era algo más que decoraba la situación de algarabía.

 Se sentía feliz, todo era logró del esfuerzo de aprender a dibujar, estaba orgulloso de que la gente lo reconociera por su trazo en Vito Nervio y de poder dejar atrás las moscas del frigorífico.

  Días después en el barrio de Palermo, enfureció al escuchar el sermón del anfitrión de esas tertulias: “Vos sos una puta barata, porque estás haciendo mierda pudiendo hacer algo mejor”.Con rabia en la mirada aceptó la propuesta de Héctor Gérman Oesterheld de incorporarse a esa idea que había escuchado murmurar pero que se había concretado en la  Editorial Frontera  El resultado fue “Sherlock Time”, un cambio rotundo en su grafica, al  extremo que sus lectores no podían creer que fuera el mismo dibujante que hacía "Vito Nervio" meses atrás, la única explicación que algunos aceptaban era que se había “vuelto loco”.

 

 Gozó al escuchar al dibujante de Ernie Pike decir:”Me dio tanta rabia ver tu historieta que la tengo acá escondida. Pero es muy buena”.  En ese instante sintió que podía remontar vuelo a sus 40 años de edad.

 Luego de esa explosión enunciativa, volvió a trabajar con Gérman en 1962. El guionista venia de cerrar su editorial por problemas económicos y retornaba a trabajar bajo contrato en la segunda etapa de la mítica revista Misterix, de la Editorial Yago, mientras que Alberto manifestaba  la angustia de padre y de hombre por la enfermedad de su esposa, Nélida García.

Todo estaba contaminado de angustia.

  Estos universos en crisis fueron parte de la retórica de Mort Cinder. Sintió en ese tiempo el dolor en las uñas, en sus hijos, en el mundo de panzas hambrientas. Abandonó su rol de docente en la Escuela Panamericana de Arte  y se sumergió en una oscuridad digna de ser trabajada por sus propios pinceles.

 

Su cuerpo se inclinaba al subsuelo.

 

 Los acreedores lo instigaban a pagar deudas, todo era un viajar por las profundidades de la soledad. El sonido del teléfono quebró lo estático, era Oesterheld que lo apuraba a terminar “Richard Long”, un encargo para la revista Karina. Sin entusiasmo alguno y con un dolor de muela, decidió usar el collage. La crítica elogió su capacidad de resumen del relato, obviando el motivo particular del uso de esa técnica. Después de esa situación, se lo escuchaba declarar algo de lo que realmente estaba convencido: “Éramos felices hasta que aparecieron los especialistas en historieta y ahí cagamos”.Tanto había cambiado su rumbo en comparación a sus primeros trazos  que resolvió quemar en el patio de su casa de Haedo los originales de Vito Nervio, sentía que él ya no era el mismo.

 




Llamas de furia

El otoño se mostraba demasiado frío. El miedo y el silencio tomaban protagonismo en la ciudad donde solo se respiraba aire de nefasta dictadura. Una mañana lluviosa, el colectivo en que viajaba fue detenido por un grupo de soldados en el marco de un operativo. Después de pasar la revisión del milico, al volver a su casa en el pulmón de Haedo, el infierno cívico militar ardía.


Estaba bañado de impotencia, se había enterado del secuestro de los jóvenes de enfrente por parte de los perros del orden. Los conocía de años y había escuchado la decepción en carne propia que les toco vivir en consecuencia de las acciones  ejercidas por Perón en su retorno al país. En muchas ocasiones rió al escuchar al loro de los muchachos cantar la marcha peronista con mucho ímpetu, ahora tenía miedo, pero no era paralizante, sino que lo provocaba a gritar en la afonía social.

 

Calentó la pava de mate y se cebo unos amargos. En la soledad de su taller de trabajo, frente al tablero pensó en voz alta: “Si el pueblo se hubiera revelado, esto no hubiese pasado. Quizás hubiera ocurrido una verdadera carnicería, pero en una lucha a cara descubierta; sin torturas, sin secuestros, sin robo”. Inmediatamente, la imagen de Rodolfo Walsh, Jorge Cafrune y de su amigo Héctor Oesteherld, secuestrados  por romper las mordazas impuestas por el gobierno de facto se le cruzaron por la cabeza y escribió; “Carnicería de estado” en la página de Drácula que estaba dibujando.

 

Especuló que si encontraban los militares esa leyenda manuscrita lo iban a fusilar. Sintió atracción por el riesgo, por el peligro, similar sensación que tuvo cuando Irma Dariozzi, su segunda compañera de vida, enterró en el jardín una escopeta, el libro de  Eduardo Galeano; “Las venas abiertas de América Latina” y una revista “La Vida del Che” que dibujo junto a su hijo Enrique en tiempos dictatoriales de Ongania. Esta vez todo era distinto, el llamado “Proceso de Reorganización Nacional” era un plan de muerte planificado y él no se iba a quedar quieto mirando hacia otro lugar.

 

El 30 de octubre de 1979, se enteró de la muerte de Oscar Conti (Oski), su amigo entrañable que vivía en Milán y que en  la visita a Argentina para una muestra internacional de humor  terminó operado de urgencia e internado en el Clínicas de Buenos Aires. Esta noticia junto a la de la desaparición del guionista de El Eternauta lo llevaron  a una  tristeza gigante, a un estado de introspección que plasmó en pinturas, una actividad plástica que le apasionaba.

 

A fines de 1981, en medio de una reunión familiar, Alberto comprometió públicamente al novio de su hija, Patricia:

 

-Juan porque no me haces un guión, una cosa aventurera, más o menos vendible, no una cosa hermética, complicada.

 

-Bueno maestro - respondió tibiamente el joven periodista que había intentando hacer algunos argumentos de historietas preguntando a su colega Guillermo Saccomano, pero con un resultado final no tan alentador.

 

Esa noche, Juan volvió a su casa con el desafió impuesto por el eterno proletario del lápiz. Golpeó la Olivetti durante horas, hasta que escupió cicatrices de sobreviviente. Era muy tarde cuando terminó el guión de Perramus.

 

A la mañana siguiente, sé dirigió a la trinchera de Haedo con las primeras ocho páginas. A Breccia le fascinó la idea, tanto le gusto lo escrito que se fue a dibujar bocetos a su cueva laboral. Salpicó con tinta aguada la hoja en blanco y percibió que de ese modo podía sintetizar la perdida del alma de la ciudad de Buenos Aires, donde todo era gris. Trazó con furia las figuras de los golpitas y el resultado fue una imagen simple y contundente, calaveras sin piel.

 

El coctel de literatura, política y metáforas era perfecto, estaba frente a la jaula y el pájaro hacia un repentino revuelo de plumas para que la denuncia explícita del terror se multiplicara en el aire.

 

El lector pudo ver las huellas del dibujante, percibir sus vacilaciones y su trazo y hasta pudo escuchar su respiración.

 

Años después, Tito sonrió con el prologo de su amigo Osvaldo Soriano y sus palabras de elogio a gran escala; “La primera obra cumbre de la historieta argentina está aquí (…) Sería insensato reducir esta epopeya de imágenes a una simple alegoría sobre los males de la represión y los mecanismos del olvido. A lo largo de estos cuadros pintados con ferocidad y ternura, Breccia y Sasturain recorren el universo de los perseguidos y los marginales. Los sonidos recodos de un mundo que cambia para no cambiar lo esencial (…)”.

 

Fueron épocas de ilustraciones urgentes y percepciones de un hombre que tomó coraje y se animo al mundo: “Me dí cuenta que con un arma ridícula, como un pequeño pincel, podía decir cosas muy graves, muy importantes (...) Yo creo en el fondo ser un romántico y no un dibujante negro. Soy alguien que muestra las heridas, siempre deseando que no existieran. Eso es un romanticismo puro, ya que las heridas van a seguir existiendo".


Pinceladas en la piel

Alberto Breccia, fue un desobediente a las reglas del mercado. Jamás olvidó su rol de comunicador sobre las realidades que lo rodearon: Me formé con la gente del suburbio, la gente que vivía al margen de la gran ciudad. Después, con mucho esfuerzo y mucho trabajo comencé a afinarme un poco. Pero en el fondo sigo siendo un hombre de barrio. El resto no es más que una pincelada de barniz “.

 


Todo elemento que lo rodeaba le revelaba un nuevo camino a transitar. Utilizó para trabajar: “los dedos, la palma de la mano, palitos, vidrio, cepillo de dientes”. Lo que estuviera al alcance de sus manos como el martillo al pincel, la gillette a la pluma o manubrios de bicicleta, servia para poder expresar sus ideas del mundo. 

 En su vida se descubrió y se inventó cada vez que se enfrentó a la hoja en blanco para enunciar gráficamente un pensamiento o un sentir:” ¿Por qué debo continuar dibujando siempre del mismo modo? Cuando dibujo, soy yo mismo siempre, sólo cambio los signos con los que exprimo un concepto. Tener un estilo personal, este tipo de sello de garantía es simplemente pararse en el punto en que alcanzamos el éxito."

El rioba, el boxeo, la literatura y el tango fueron los cimientos  de su "cosmogonía" hasta el día de su muerte el 10 de noviembre de 1993;” En mis dibujos y mis pinturas hay siempre una callecita de barrio, siempre. Está siempre el suburbio (…) Mis amigos eran obreros, mis primeras novias eran novias de obreros, es decir. La música que se escuchaba era la que se escuchaba en las ciudades obreras, el tango". 


 La libertad fue la inamovible postura de vida de un hombre que retrato las heridas del ser humano y las de su propio ser.








“El Proletario del lápiz",  es una nota que escribi para la sección Malditos publicado en la revista Sudestada Nº 122, agosto de 2013.

 

Aclaración necesaria para no generar caos en lxs lectorxs ; en la nota gráfica aparece en la firma mi viejo nombre antes de la transformación del ser, en este posteo la modifico con el nombre de mi identidad autopercibida .

 

viernes, 7 de marzo de 2025

Las fotos de Gerardo de la Bienal de Córdoba de 1979

 Por Pavla Ochoa

No lo puede creer. El sol se desliza rasante, casi alegre. Está a metros de ese dibujante que leía de pibe con su Vito Nervio en la Patoruzito.  Aún no olvida que fue uno, como tantos lectores, que creyó que el viejo se había vuelto loco con Sherlock Time en Hora Cero. En esas páginas semanales, Gerardo, respiró y sintió, cada chorreo de tinta. Le explotó la cabeza con la aventura de la Antártida. Pero, todas esas ideas surgidas de la cabeza de Oesterheld esa agüita fresca, empaparon sus sueños, su sangre con un deseo; “ser dibujante”.

Tanto busco ser parte de este oficio, que, con esfuerzo, a los 19 años se pudo pagar el curso en la Escuela Panamericana de Arte de la calle San José 715.  Se anotó quizás esperando ser alumno de Breccia, cosa que no se dio, porque finalmente ese curso fue brindado por Daniel Haupt. Pero, en esos dos años, respiró historieta pura. Ahí se juntó con algunos muchachos que conoció y fueron en busca de su sueño compartido. Alquilaron un taller y arrancaron a perseguir la posibilidad de publicar sus trabajos. Eran años difíciles para la historieta en Argentina. Había cerrado Editorial Frontera y casi todo quedaba reducido a lo que publicaba la Editorial Columba. La sensación era que la historieta estaba agonizando. Nada, lo detuvo. Siguió su sueño de dibujar intercalando con su trabajo administrativo. Entre idas y vueltas, comenzó a publicar una adaptación de la película “Estación Polar Zebra”, para las revistas de Columba. Guarda en su corazón esa madrugada en la Estación de Constitución cuando se compró varios ejemplares de Fantasía, donde estaba su primera historieta. Esa noche, tenía una emoción muy grande, sentía que estaba desparramado por todos lados y que lo que había hecho estaba transcendiendo.  Una emoción como la que siente en este momento.

No lo puede creer. Está en la Cuarta Bienal del Humor y la Historieta en Córdoba, compartiendo con esos maestros. En pleno viaje de excusión a Colonia Caroya, no pudo evitar acercarse a Breccia y pedirle una firma en su cuaderno donde viene juntando dibujos y firmas de quienes leyó de pibe. Pipiolo, no solamente le hace una firma con dedicatoria, sino que le regala un dibujo de su caricatura. Se asombra de verlo dibujar con tanto movimiento en el ómnibus. Está feliz de respirar ese mundo. Al llegar al convento religioso de Villa María, saca su cámara de fotos y comienza atrapar momentos. Lo ve cerca de Moebius, les pide permiso y arranca la sesión fotográfica. Son pájaros que miran desde la jaula. ¿O en realidad es Gerardo quién esta enjaulado?




No tiene mucho tiempo para pensar, se suman Guillermo Mordillo y Juan Zanotto. Parecen pibes, juegan, posan y el viejo se suma a la bolada. Sin saberlo, Gerardo, está siendo el responsable de obtener fotos con un fuerte valor para quienes, como él, aman la historieta. Breccia, se está riendo y además hace monerías con sus colegas. 



Entonces, piensa, que es la oportunidad de tener una imagen con él. ¿Por qué no? Y ahí le pide a su amigo Héctor, que apriete el botón de click. Por su cara rueda una sonrisa inadvertida, infantil, fuera de tono, ajena a destiempo y sin saber que dejara huella. Abraza ese momento. Abraza ese oficio que elige habitar. El sol comienza a crecer y deja de ser una promesa para convertirse en una fiesta.

 

 



miércoles, 5 de marzo de 2025

El último trapicheo

 Por Pavla Ochoa


Haedo-Miércoles 01 de noviembre de 1993 

Se miran fijamente a los ojos como si fueran pistoleros del viejo oeste, en pleno duelo. Sus pies, han caminado desempolvando viejas bibliotecas. Buscando esos folletines y pulps que leyó de joven y que desesperadamente colecciona. Tiene en frente, a ese joven que ama la literatura de Lovercraft. Con él, se encontró en el Parque Rivadavia en el puesto de ese amigo en común, Yoel Novoa.  Ahí están ahora, en la casa de Haedo, negociando. No hay plata de por medio, sino libros y dibujos originales, para el trueque.




 Alberto, saca una caja con dibujos y de reojo mira los libros que Eduardo, coloca arriba de la mesa. Quizás imaginando encontrar algo de Gastón Leroux, ese menjunje inexplicable de folletín policial, terror, que está leyendo por esos días. Le pregunta, mientras el joven  negociante se prepara para el trapicheo;

-¿Trajiste algo de las novelitas de “Misterio”, esas editadas por Tor, que dibujaba Macaya?

-No, Alberto. Lo que tengo son algunas series de novelas de esas que tiene anotadas en su cuaderno rayado…

-¿Cuáles?

-Tengo una colección completa de Pucky…

-Esas son cosas que leía de pibe…todo ese tipo de folletines…por eso ando buscando estas cosas.

-La conseguí en Montevideo.

-Uy , pero son muchos números…

-Por algo hay que empezar …

- No sé si la próstata me va a dejar terminarlas…

-Ehhhh… No, Alberto… como dice eso…

-Más si …Me va a dejar-  Breccia, suelta esa frase con olorcito esperanzador, Eduardo, le cambia de tema:

-En estos días estuve pensando en algo que escuché alguna vez en una entrevista que le hicieron y que creo que podemos hacer juntos. Se me ocurrió que usted haga una película sobre el cuento de Lord Dunsany ; “Cuando suben y bajan las mareas” y yo le banco la producción. Y en simultaneo, yo hago otra película mostrando como usted filma. ¿Le gusta la idea?

- Si, puede ser. - Pero, cortándole la volada, el viejo lo vuelve a tirar a la arena del trapicheo que es lo que los convoca:

-Tenes algo de Seston Blaque?”.

Eduardo, se ríe, al escucharlo pronunciar el nombre del famosísimo detective de ficción; Sexton Blake. La sonrisa se hace infinita al estar frente a frente, con ese hombre que tiene como una de sus novelas favoritas a ;“Bacalao” de Gastón Leroux. Esa donde un mono tras una operación se transforma en humano. También, devora mucho Víctor Hugo, Sax Romher, combinada con una fuerte dosis de Borges.  Le gusta compartir ese berretin con Breccia. Al viejo, le divierte esos folletines, les encanta las tapas de aventuras y acción extrema, las colecciona un poco como figuritas. Ambos son de esa especie que ama lo antiguo, los libros viejos, esos que rescatan de otro tiempo. La razón de un coleccionista por la cual atesora sus objetos es por nostalgia y Alberto siempre que hablan, recuerda sus primeros días con esos folletines y pulps.

Pero algo le llama la atención a Orenstein, a la hora del intercambio. Algo que sucede distinto a sus anteriores encuentros. A la hora de hacerle elegir los dibujos que es por lo que cambia lo que le lleva, esa pulseada infinita de ragateo. Esta vez, nada de eso ocurre. Y eso lo asombra, porque Alberto, es muy reacio a dar de más y él pelea lo suyo, por más que está dispuesto a darle todo lo que pida. Hoy ese ritual de negociantes es diferente:

-Alberto, ¿puede ser este dibujo?

-Sí.

Eduardo, se quedó con una sensación muy extraña por dentro, por esta tajante monosílaba de respuesta de Breccia. No le gusto. Tiene esa sensación similar a la de dos luchadores que están peleando mano a mano y de repente uno se da por vencido. Siente que es una transa de despedida. Tiene un sabor muy amargo en el corazón, pero Pipiolo lo vuelve a sacar de esa emoción desencontrada al verlo acercarse a su biblioteca e intentar husmear un libro; “¡Saca esa garra y vení a tomar unos mates!

 

Entre mates y libros, conversan y ríen. Quizá sabiendo que es el último trapicheo entre dos amigos.

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viernes, 28 de febrero de 2025

Los gatos de Breccia

 Por Pavla Ochoa


“Todo buen dibujante debe tener gatos. Alberto Breccia, que fue un maestro, decía que cuantos más gatos tengas, mejor dibujás. Tenía 14...”

Carlos Nine

 

Nada volverá a ser lo que era. La casa está diferente. Irma, no para de extrañarlo, pero otra parte de la familia, los integrantes felinos, también.

Extrañan a ese hombre, puntilloso, muy ordenado, muy esquemático y amante de la limpieza en su hogar. Extrañan ese amor que se manifestaba en esas manos cuadradas, enormes, toscas. Manos de tripero.

Ellos, solían dormir bajo los rayos de sol que traspasaban el ventanal, que daba al jardín del fondo. Él los amaba, eran parte de sus días.

La rutina comenzaba temprano a la mañana cuando Alberto, se levantaba. Tomaba unos mates con su compañera de vida y antes de subir a dibujar a su estudio, les preparaba la pajarilla de bofe. Luego se las servía a cada uno en su plato, y ese olor que invadía la casa era la señal para que coman. 

Ya en su taller, los tangos en la radio, el humo de cigarrillos, los mates y ellos caminando por la mesa de trabajo, era la moneda de cada jornada en Haedo.  Ellos y Alberto, se entendían.




A él le gustaba acariciarlos, dibujarlos en su tiempo libre. Lo hizo siempre. Con la primera camada de felinos ; Mariano, Malvina, Pata Tubito y el gato negro de su hijo Enrique. A Pipiolo le gustaba mucho dibujarlos.  A “Mariano”, uno de sus favoritos que tenía como 20 años y que era de Cristina,el prócer de la casa,  lo dibujo una vez, de espalda haciendo kata con su panza que no paraba de crecer. Se divertía mucho con ellos. Con esta nueva camada, también se divertía. Trabajaba con ellos y luego bajaba a comer al mediodía y les dejaba otro poco de comida en sus platos, una vez más.  El amor que se tenían era muy grande. Les limpiaba todo, los cuidaba, era casi una manía recíproca. Si no estaba alguno, durmiendo sobre la silla, y si lo había, elegía otra, para no molestarlo. Los adoraba.




Llegó a tener alguna vez, diecinueve en su casa, en los últimos años, solo ocho. Fueron su familia. Quizás ahí reside la causa de lo que está sucediendo después de ese triste miércoles 10 de noviembre. Luego que Pipiolo, falleció murió una gata. Cuando fue el veterinario, determinó que la causa fue un paro cardiaco. Al otro día otra gata murió y así murieron casi todos, cada día. Solo sobrevivió; Margarita. Irma, no tiene duda, la causa es el dolor que le causó la muerte de Alberto.




La silla esta vacía, en el estudio de trabajo. Nada volverá a ser lo que era.

Nada.

 

 

 

Fuente: https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-26188-2012-08-20.html

 


sábado, 22 de febrero de 2025

Lito Fernández y una enseñanza de Alberto Breccia

 Por Pavla Ochoa

 No puede ocultar que le gusta que Alberto, le corrija muchas cosas de su trabajo. Cada clase en la Panamericana, es como tener a su ídolo, solo para él. Como escuchar a su propio viejo:

-Lito, esta oreja está mal. A mí no me vas hacer esta oreja que parece un sandwich de miga …hace las cosas como se debe…

-Bueno, Don Alberto- le respondió colorado de la vergüenza el joven aspirante a historietista.

Por detrás de ellos dos, se escucha la risa de Rubén Marchionne, que no puede contenerse de lo que está viendo, Breccia, sin dar vueltas le dice en voz alta:

-¿Vos de que te reis?

-No …yoo…- el joven, se pone tan nervioso que no puede darle cuerpo a ninguna frase con sentido.

El salón se queda en silencio. Quizás por el cagazo que genera su autoridad. Lito, para romper la tensión, agarra una revista Columba, y en una de las páginas de una historieta se anima a opinar:

-Mira que cagada esto…

-¿Vos sos capaz de hacerlo?- lo desafió muy enojado, Alberto-  Anda a saber que le estaba pasando a este tipo cuando dibujo estas páginas. Pudo haber estado con fiebre y tenía fecha de entrega que cumplir…Ustedes se van a tener que romper el alma como los esclavos en la época de Roma, que los tiraban a los leones, así es la historieta. Luchando contra los leones y el público son los leones que no te van a perdonar una...

Lito, no pudo refutarle nada. Ahí comprendió lo que le está enseñando su maestro. Una lección que no va a olvidar nunca: ” No se debe criticar jamás un dibujo de un colega. Te puede gustar o no, pero seguramente el tipo dió todo en el tablero”.





Ese aprendizaje proletario, fuera de los manuales de las escuelas de arte, estaría muy presente en la carrera como dibujante profesional de Lito Fernández; "Ellos son trabajadores de la historieta". Una enseñanza que no lo abandonaría nunca.



Fuente; https://www.youtube.com/watch?v=g1tO9bMfR_I&t=4074s