domingo, 15 de abril de 2018

“Él es un antes y un después en la historieta mundial”




Por PaVla Ochoa-

El 15 de abril, Alberto Breccia, dibujante revolucionario  que influye aún en estos tiempos modernos en la historieta mundial, cumplió 99 años.


Sonia Olmo, directora de la revista “A Tiza y Carbón e  hija de Irma Dariozzi de Breccia, segunda esposa del historietista, recordó parte de su historia compartida con ese hombre que le aporto su arte a un género aún marginal como es la historieta.





Sonia Olmo, respira y sonríe , cuando se le pregunta sobre Alberto Breccia; “Lo conocí de muy chica en el Instituto de Directores de Arte (IDA), porque mi mamá, estudiaba dibujo y él era su profesor de ilustración. Yo tenía 12 años y me impacto cuando lo vi, era una persona deslumbrante por su forma de ser, mi vieja le tenía al principio miedo y a la vez un gran respeto porque era mal humorado…


¿Lo era realmente?

Lo que pasa es que él no era una persona careta, era muy frontal, no andaba con medias tintas.




Entendiendo que usted prácticamente se crió con Breccia ¿Cuándo dimensionó que era un artista reconocido mundialmente?

Nunca me lo puse a pensar, me sorprendió su pregunta. De grande tomé dimensión de quien era, porque siempre para mí fue primero el profesor de mi mamá, luego el novio y después el marido, pero siempre para mí era una persona especial. Cuando entré a su casa de Haedo fue entrar a otro mundo mágico, libros y pinturas en las paredes, era una especie de  “Disneylandia”, ahí leí una colección completa de libros de terror que él tenía. Pero cuando me di cuenta de lo que significaba Alberto Breccia fue de grande cuando él ganó el Premio Yellow Kid para dibujantes, siendo reconocido internacionalmente y ahí comencé a ver que era para los demás.


Es que ahí muchos lo dimensionaron.

Claro, imagínate que yo lo vi dibujar El Eternauta, para mí todo era mágico y después de golpe empecé a ver quién era la persona con la que me sentaba a tomar mate. Siempre fue extraordinario ser, yo me sentaba horas al lado de él mirándolo dibujar, cebándole mate.




¿Era una persona que tenía disciplina para su tarea de historietista?

Era su trabajo. No conocí a nadie tan metódico y riguroso como él. Se levantaba temprano, le daba de comer  los gatos, después desayunaba, se preparaba el mate y se lo llevaba al estudio y ahí hasta el mediodía estaba hasta que bajaba a comer algo o a veces recién a la noche cenaba. Trabajaba rigurosamente porque dibujar era su trabajo. No soportaba a la gente que ninguneaba el dibujo como oficio, los detestaba. En todos los aspectos de la vida era meticuloso y organizado.


¿Qué piensa que le brindó Breccia a la historieta?

¿A parte de la vida? La sangre, su vida le brindo. Él es un antes y un después en la historieta mundial. Abrió caminos a que todo es posible. Mostró que la historieta es un arte, eso hizo Alberto. Fue una apertura de  caminos a que todo es posible en el género de la historieta.


¿A usted que le dejó como aprendizaje?

A mí me marcó caminos en la vida. Yo me crie con él, para mí fue mi viejo. Mi mamá se separó de mi papá cuando yo era muy chica y realmente Alberto fue mi viejo, me marcó sobre todo la honestidad de decir lo que se piensa y obrar en consecuencia. Era una de las pocas personas que conocí así, es decir “hacer lo que uno piensa”, ese es el camino que me dejo. Buscar siempre en la vida soluciones, posibilidades nuevas, no quedarse, salir adelante. Hay una frase que decía Masetti ; “Voy hacia lo que no empezó, ahí me estoy esperando” ; eso lo describe a Breccia y lo que me dejó es buscar nuevos caminos.


¿La revista A Tiza y Carbón es parte de esos caminos?

Sì, ese es el homenaje, mostrar que la historieta es presente. Lo homenajeamos siempre, en la revista, en los talleres en la librería Lipi Bropos, generando espacios de libertad y creación para los pibes. Es nuestra obligación, apostar a la historieta como lenguaje para contar historias y crear espacios de libertad.


¿Cuál es la obra que destaca de Breccia?

A mí me gusta Mort Cinder, me partió la cabeza. El Eternauta, que sin desmerecer el trabajo de Solano Lopez, es la versión de Alberto la que más me gusta y claro la adaptación de “El corazón Delator” de Edgar Allan Poe, que es una obra maestra.




¿Hablaba en las reuniones familiares de su barrio Mataderos?

Sí, era su historia. Yo conocí a varios amigos de él, por ejemplo Rafael Pugliese, era como su hermano, era una gran persona, militante del Partido Comunista, lo amaba. Recuerdo que cuando falleció Rafael, Alberto estaba en Europa y cuando vino  a fin de año,  nadie se animaba a decirle que había fallecido y se enojó con todos porque no le habían avisado. Alberto era un hombre de una gran ternura, hay que desmitificar que tenía mal carácter, era todo lo contrario.  Cuando falleció (NdR; Breccia falleció el 10 de noviembre de 1993, el día del dibujante), él tenía 8 gatos que se fueron muriendo todos, se fueron uno por semana, quedó uno solo, entendemos que fue por tristeza porque él los amaba.




¿Cómo lo recuerda?

Lo quise mucho y lo quiero mucho, era un gran tipo. Para mí es” Pipiolo”, el que amaba a los gatos, el que escuchaba tango, el que limpiaba el jardín todos los días, el que revoleaba las botellas al mar, era hermoso y tierno Pipiolo. Él de las largas caminatas por Mar de Azul, él de las interminables y hermosas horas tomando mate y viéndolo dibujar. Con él hacíamos gimnasia en el galpón, él me enamoro haciéndome dibujos de chica y me conquisto para siempre.


miércoles, 11 de abril de 2018

El dibujante



Por PaVla Ochoa


No es difícil imaginar a Alberto Breccia ejercer en toda su plenitud, su vida proletaria: a través del dibujo. Sus grandes manos, antes de convertirse en las del maestro estuvieron sometidas al trabajo explotador de un frigorífico en Mataderos.








 
Desde niño fue un gran lector; rol que lo tuvo en activa interacción con su obra plástica. Transitó el camino a contramano de las leyes del mercado, sin dudar un instante de lo que iba a ser de su carrera.


 
Un artista con una inmensa capacidad de comunicar, pero que no llegaba a convencer a editores de turno que no comprendían lo que manifestaba. Estaba a años luz de los canones rígidos de la historieta. En ese clima hostil, nada lo desvió del horizonte a seguir.


 
Hombría a flor de piel, obsesivo en la limpieza domestica que solo se adormecía cuando se entregaba en una ceremonia interna, con una de sus pasiones, el amor a sus más de ocho gatos que habitaban su casa de Haedo. Paradójicamente en la semana siguiente a su muerte, día a día las mascotas felinas siguieron a la persona que les entregaba en cada jornada, no solo un plato de comida, sino que dedicación plena y total afecto sin límites.


 
Este hombre el anticuario del futuro, era directo en sus palabras que no se vestían de rodeos. El dibujante, Horacio Lalia, remarcó: “Alberto era un gran tipo, más allá que era una especie de coraza que tenía hacia el exterior, cuando uno lo conocía veía a una persona muy sensible y no tenía tan mal carácter. Simplemente era una postura que el asumía porque no le gustaba ciertas cosas Y ponía un poco de distancia, pero realmente él era una gran persona”.


 




Fiel a sus amigos de la infancia y a su pasado, siempre mantuvo vivo el recuerdo de los años que vivió en Mataderos. El deporte fue parte de la cotidianidad de su vida. El boxeo, lo tenía como aficionado y lo llevó a levantarse en cada puesta del sol a realizar gimnasia aeróbica y pesas. La radio y la música lo acompañaban en su taller de trabajo, el tango predomino a otros géneros y se incorporo a sus obras plásticas. Nunca fue militante de alguna estructura política partidaria, pero junto a Héctor Oesterheld realizo la biografía de Ernesto Che Guevara adaptada a la historieta.



 Ese trabajo fue censurado por la dictadura del General Juan C. Onganía, secuestrando y quemando los originales para que nada quede de la figura del guerrillero  revolucionario argentino. La tarea de hacer esta expresión gráfica con el guionista y su hijo Enrique no quedo en el olvido pese al intento de silenciarlo.


La decisión de su compañera de vida, Irma Dariozzi de enterrar en el jardín de su hogar un ejemplar de esa edición junto al libro de Eduardo Galeano; “Las venas abiertas de América Latina”, pese a la expresa negativa del dibujante, hicieron que podamos leer esa obra en el presente: “La verdad es que Alberto no quería enterrarlos, sino que quería quemarlos. Le decía; “¿Cómo voy a quemar al Che Guevara? Le hice un envoltorio para resguardarlo, papel de seda manteca, de todo puse, pagina por pagina, después lo envolví con metal, papel absorbente y después lo metí en un tubo de plástico de dibujo. Ahí también enterré una escopeta. Alberto decía; “llegan a poner la bomba y salta la escopeta, salta todo”. Yo le hacía a hacer cada cosa, meterse en cada situación, que lo iba a matar de disgusto”; recordó Irma. Sobre ese hecho puntual.









 
Patricia Breccia, destacó esa postura ideológica de su padre: “Mi padre se consideraba un hombre de izquierda. Pero no de las izquierdas conocidas, tenia una manera justa, sabia y sensible de considerar la vida y la vida de los demás. No toleraba los totalitarismos de unos ni de otros. Era un tipo amplio, democrático, siempre de lado del que menos tenía, con una enorme empatía por todos y hacia todo”.


 
Sufrió los avatares económicos, donde tuvo que hacer con su arte el operativo de sobrevivencia que se reducía a una palabra” pucherear”, pero nunca se traicionó, ni se alejó del camino que guiaba a su puño a experimentar con la luz y la sombra. Irma Dariozzi de Breccia, sostuvo esa postura de vida de su compañero de visa: “ Alberto sufrió los avatares económicos pero nunca se convirtió en un mercenario, ni se alejo del camino que guiaba a su puño a experimentar con la luz y la sombra, esa convicción estuvo presente en toda su vida:”Trabajaba con un entusiasmo, dibujó y pintó hasta tres días antes de morir, es decir previo a la internación. Hasta me hizo una caricatura, cuando me quedaba con el, media dormida. Ha sido el mejor dibujante de nuestro país, no solo porque fue mi esposo sino porque sobre todas las cosas por lo que demostró en sus obras. Fue mi maestro


 
Breccia se rigió por la más pura de las convicciones, ser un artista sin límites. Su hija, Patricia, describió esa postura: “Fue el tipo menos “divo” que conocí en mi vida. Nunca se consideró un “artista” y vaya si lo era. Fue un revolucionario del Arte. Un creador maravilloso. Considerado como uno de los más grandes dibujantes del mundo. Y sin embargo, era un hombre tan humilde, tan sencillo. Generoso, siempre, con los otros”.






 Impredecible, audaz, rebelde, palabras que componen la figura de Alberto Breccia. Como una determinación mística falleció el 10 de noviembre de 1993, el día del dibujante. Su trazo inconfundible sigue dejando huellas en los tiempos modernos por llegar.


 


 

Diccionario Brecciano



Por  PaVla Ochoa


Breccia traspasó en su carrera un profundo viaje de constante búsqueda, la de su propia identidad en la historieta, creando inesperados universos. En las múltiples entrevistas realizadas al maestro, se pueden encontrar definiciones, anécdotas, y posturas de vida de un hombre que retrato las heridas del ser humano.


EL DICCIONARIO DE ALBERTO BRECCIA








Adaptación: “Un día, cuando fui a entregar un trabajo, el gerente ( NdR; Se refiere a la época en que el dibujante trabajaba para la Editorial Manuel Láinez) me dijo que fuera hasta una librería de San Telmo y me comprara un libro “Rocambole”. Quería que lo adaptara. Incluso medio plata, porque el libro valía 40 pesos. Lo compré y empecé a leerlo Pero como la cosa era urgente iba dibujando a medida que leía y como en un momento había demasiados personajes, resolví matar algunos. Claro que como eran personajes importantes en los capítulos siguientes se armo una galleta tal que la gente no entendía nada y hubo que levantar la serie. Esto salía en Tit-Bits, revista de la que después me dieron la tapa”.



Buenos Aires: “Mantengo con ella una relación de amor y odio, como en todas las relaciones dignas de ese nombre. Es la ciudad donde me eduqué, donde me hice adolescente, luego hombre. En Buenos Aires conocí a las mujeres que he amado. Toda mi historia está allí. Y de Buenos Ares amo sobretodo los suburbios, Mataderos, los barrios”.


 
Credencial: “¿Cómo va a tener un tipo un diploma de dibujante? Para ser dibujante hay que saber dibujar, y para mostrar lo que uno sabe lo mejor es una buena carpeta, y no un diploma”.


 
Dios: “Lo religioso no me toca para nada. Es algo que para mí no existe”.


 
Estilo: “Durante años he hecho esfuerzos terribles para formar “mi” estilo y finalmente me di cuenta que el estilo es simplemente una etiqueta que no sirve para nada. Tener un estilo “personal”, esa especie de sello de garantía, es simplemente detenerse en el punto en el que se alcanza el éxito. Luego de la cima está el descenso; no se puede estar siempre en la cima, porque la vista se debilita, la fatiga comienza a hacerse sentir, uno se aburre haciendo siempre las mismas cosas. La mayoría de los dibujantes se detienen en el momento en que han alcanzado el éxito, se instalan confortablemente y no tienen más deseos de moverse. Hay que saber arriesgar todos los días su propio éxito”.


 
Fealdad: “Quizás fui elegido para dibujar la fealdad, o quizás veo la belleza a través de la fealdad. Por ejemplo debo hacer grandes esfuerzos para dibujar una mujer linda. No puedo dibujar mujeres bellas, casi siempre obtengo mujeres feas. Si debo dibujar gente, inevitablemente los dibujo feos. Paso el tiempo haciendo croquis en los café, tengo miles. Me siento en un café y comienzo a bosquejar a la gente que me rodea: le puedo asegurar que los que veo no son bellos. Quizás tengan toda una cierta belleza interior pero exteriormente... no hay demasiada gente que sea bella”.


 
Guionista: “Ese rol nace exactamente en Patoruzito, con Quinterno. Es el primero en tomar gente del staff de Patoruzú cuando decide fundar Patoruzito: Issel Ferrazzano, Mariano de la Torre , que firmaba Dante de Palo. A ellos les encarga los argumentos y se los da a los dibujantes, así nació el argumentista profesional (...) Lo que pasa es que entonces los argumentistas no eran buenos. Porque era gente que estaba escribiendo humorismo y de pronto el editor los pone a escribir aventuras (...) Lo hacían nada más que para ganarse la vida. Wadel era el único que creía en lo que hacía”.


 
Historieta: “Nunca me gustó la historieta, no me gusta y no creo que llegue a gustarme algún día. Me gusta mucho el dibujo: me ayuda a descargarme, sana mis enfermedades. También me gusta el dibujo aplicado a las historietas pero no me gusta el género. No las leo jamás, me limito solamente a mirar los dibujos”.


 
Ideología: “A mí me han ofrecido cualquier cantidad de dinero por dibujar historietas eróticas y no he aceptado, no porque sea un puritano, sino porque no me parece bien, no me interesa dibujar solo por dinero”


 
Julepe: “El miedo, el horror, son sentimientos, sensaciones, que nos acompañan toda la vida. Tenemos miedo de la enfermedad, de la muerte, de un asalto, de un accidente de tránsito, de un golpe de estado militar... Hablo del contexto en el cual vivo. Tenemos miedo de la crisis económica, de la guerra: cohabitamos con el miedo. El miedo está mucho más presente en nosotros mismos que el amor”.


 
Kamikase: “Cuando dibujo no me propongo ganar dinero, sino hacer lo que quiero. Si luego me da dinero o sucede que  muchas historias mías no se publican, es un riesgo que yo corro. Desde que comienzo a trabajar asumo esa responsabilidad”.


 
Literatura: “Mi interés por la literatura data de la infancia. Cuando contaba con siete u ocho años, leía a Breat, Poe, mezclados con Salgari y Julio Verne: las lecturas clásicas de los adolescentes. La literatura, los libros, son para mi una verdadera pasión. Cuando leo un relato o una novela que me llega, que me impresiona, soy presa de un deseo irresistible de ilustrarlos, de dibujarlos”.


 


Llamarada: “Yo estaba paseando una noche con Hugo Pratt por Palermo que me dijo, en un coche;  “Vos sos una puta barata, porque estás haciendo mierda pudiendo hacer algo mejor”. Me dio mucha rabia, pero tenía razón. Entonces yo estaba edificando mi casa y necesitaba plata, acepté una propuesta de Oesterheld que me había hecho antes y me dio un personaje, “Sherlock Time”, que era un detective del tiempo venido del espacio, un personaje muy extraño, en cuya realización tuve mucho éxito”.


 
Mass media: “Los teóricos tienden a complicar la cosa con las historietas. En una punta hay un señor que trabaja para entretener al público. En la otra, hay un señor que quiere entretenerse. Lo bueno o lo malo que resulte del producto terminado depende del talento del que la hizo y también de las condiciones en que trabaja. Pero el público no es un ente pasivo. El público elige siempre lo que le gusta y en esa elección está su respuesta y está también su responsabilidad. Porque lo que elige, de una forma u otra, lo incorpora a la visión que tenga de la realidad. Sin proponérselo, en forma inconsciente, pero lo digiere según sus propios valores”.


 
Negro: “Si ser un autor “negro” quiere decir contar historias no muy alegres, entonces si lo soy (...) Creo que- en el fondo- ser un romántico y no un dibujante “negro”. Soy alguien que muestra las heridas, deseando ardientemente que no existan. Todo esto es puro romanticismo, ya que esas heridas van a continuar existiendo”.


 
Ñaupa: “Sucede que empecé a dibujar un viejo anticuario de muchos siglos (NdR; El compañero de Mort Cinder, Ezra Wilson) . Y me di cuenta que, sin querer, estaba dibujando mi propio rostro”.


 
Oesterheld, Héctor: “Era un hombre dotado de una enorme imaginación y una gran cultura: era geólogo de formación. Para él, en la vida, las cosas no eran tan simples, tan claras. No estaba simplemente el bien opuesto al mal; había matices, grises. Los hombres podían ser al mismo tiempo buenos y malos; hombres de carne y hueso. Él introdujo esa visión del hombre en las historietas en el momento en que el héroe estaba fuertemente estereotipado como un héroe positivo, sin debilidades –ni físicas-, sin defectos: ¡finalmente inhumanos!. Por ejemplo, un héroe típico podía luchar con diez adversarios... y vencerlos a todos; podía evitar todas las balas que le dirigían... ¡Podía recibir dos cuchilladas sin ninguna consecuencia! ¡El héroe clásico era así!
Con Oesterheld el héroe se humaniza: fuerte y débil, valiente y cobarde, bueno y malo al mismo tiempo”.


Proletario: “El dibujante se cree un intelectual y no sabe que es un trabajador. Yo admiro mucho más y respeto mucho más a un plomero que va a casa a cambiarme el grifo y me dice «mire usted esto vale 5.000 pesos y si no le gusta llame a otro». Y yo le digo, sí señor, cámbieme el grifo por favor. A un dibujante lo llaman de una editorial, lo hacen esperar cinco días, le pagan cuando quieren y lo basurean, y el dibujante se aguanta, porque está en el nivel del intelectual, el hombre que no discute precios. Pero el dibujante ha de ser un trabajador en el momento de los precios, después será artista”.


Quienquiera: “El editor es un señor  que edita historietas como podría fabricar chorizos. Es un señor que quiere ganar dinero.”


 Resistencia: La razón principal que me llevó a comenzar Perramus fue el deseo de testimoniar todo lo que pasó en Argentina en la época de la dictadura militar. Es mi deber hacerlo. El dibujo era y es todavía, mi única arma. Con esta arma, protesto. Perramus fue un grito de protesta, un grito de rebeldía. Ahora la situación de Argentina ha cambiado: no totalmente, pero en gran parte ha cambiado. Hoy también hay buenas razonas para continuar protestando, pero ya no es mi tarea... No habría que dejar de protestar”.


Socios: “Es como un matrimonio; tras unos inicios intensos y pasionales, la monotonía toma el relevo”.


Tango: “Amo la música, todo tipo de música., pero la única que me conmueve y logra conmoverme hasta las lágrimas es el tango. No hay otra. El tango tiene 120 años, yo tengo 73, he vivido parte de historias; he vivido directamente una buena parte de las historias que narra el tango”.


 
Universo: “No puedo ignorar el contexto político y social en el cual he vivido. No vivo en una bola de vidrio. Si, en un hermoso día, decido salir para ir al restaurant, detengo mi auto en un gran boulevard y dos pequeños de cinco años se me acercan para pedirme una monedita, no puedo impedir verlos. Todo eso acaba en mis dibujos: es el contexto en el cual vivo”.


 
Vanguardia: “Cuando la revista Karina nos propone Richard Long para su suplemento, yo hacía cinco años que no dibujaba. Acepté el trabajo por una cuestión de dinero, pero lo iba postergando porque tenía miedo. Hasta que un sábado me acorralan: había que entregar la historieta el lunes. Y justo ese sábado me saco una muela. La extracción es dolorosa, se me hincha la cara y tengo fiebre. Entonces para ahorrar tiempo recurrí al collage y suprimí veinte cuadros al guión. Estas decisiones se debían a la necesidad de terminar rápido y no a una genialidad (...) Ocurre que las cosas se mistifican y después se descubre que detrás del mito siempre hay una vulgaridad, un tipo en camiseta”.


 
Wadel, Leonardo: “Oesterhel siempre fue muy valorado, y los dibujantes lo buscaban. La queja se podría justificar en Wadel, que está injustamente olvidado y yo diría que fue aquí el inventor de la profesión de guionista”.


 
Xerografiar: “Me costó mucho aprender a dibujar, hasta los 30 años yo era un dibujante que... Yo copiando, intentando, sufriendo, como hacen todos, siempre cuesta aprender a dibujar; y se trataba de hacer esto o seguir en un matadero rasqueteando tripas hasta morir, así que me seguía con ello o copiaba a Hogarth”.


 
Yantar: “Todos los días comprábamos con mi mujer un litro de leche y un alfajor, y esa era nuestra dieta. Medio litro de leche y medio alfajor cada uno (...) aún en la miseria hay que mantener cierto esplendor”.


Zorro:Para ver si conseguía interesarlo a Héctor, me invento toda una mentira de que la King Feataures estaba interesada, porque yo me comuniqué con la King Features, realmente. Hablé con el que era el presidente de los corresponsales extranjeros y él la mandó a los EE.UU. Y entonces con esa carta le dije a Héctor que podía colocarse en los EE.UU. (era falso, porque no les había interesado) y que por favor me terminara Las Termópilas. Me la terminó; si no, hubiese quedado inconclusa”.


 







 

lunes, 9 de abril de 2018

Columba y Breccia


Por PaVla Ochoa

Fuera de lo previsto, los caminos de Alberto Breccia y Editorial Columba se cruzaron y tejieron un instante en la historia de la historieta argentina.

Se hace difícil en estos días de 2018, imaginar una historia que una a Breccia y Columba. Pero  hay huellas que nos ayudan a entender cómo fueron transitando en el mundo de las viñetas y se encontraron en distintos puntos de sus historias, como lector, como dibujante que se construía a partir del esfuerzo y la constancia y desde dos estilos incompatibles, como el agua y el aceite.
Alberto Breccia, en su niñez había sido lector de las revistas de Columba; “Cuando salió El Tony, yo estaba enfermo y mi padre me trajo el primer ejemplar. Las historietas de El Tony al principio eran historietas inglesas, El Gordo y el flaco, Chaplín eran dibujadas por un inglés muy bueno”.


Don Urbano, es uno de los primeros  personajes  cómicos de Breccia publicado en Columba. A fines de los años 30, Ramón Columba, aceptó a ese dibujante que no paraba de presentar en editoriales de diarios y revistas sus trabajos, que casi siempre eran rechazados. Columba lo aprobó y fue prácticamente su debut con un personaje propio.
En la histórica y monumental entrevista que le realizaran Carlos Trillo y Guillermo Saccomanno, Breccia, recordaba y daba un horizonte certero de su transitar por esa editorial; “Trabaje para Columba, en la revista “Paginas de Columba”, que dirigía Don Ramón. Allí hice un personaje que se llamaba Don Urbano. Se me había ocurrido hacer un tipo parecido a un político de acá, el doctor Gallo, que era un senador que integró la fórmula presidencial del conservadurismo. Era bajito con anteojos, petisito y gordo. En las páginas de Columba se publicaban bastantes caricaturas políticas, y es seguro que por eso me lo aceptaron. Cada episodio se desarrollaba en una página y tenía un remate humorístico. Don Urbano era un tipo de Buenos Aires, un observador y la cosa apuntaba al costumbrismo, a la reflexión sobre lo cotidiano. Y no tenía ninguna relación con la política, excepto el parecido físico con el político que me presto sus rasgos (…) Siempre tuve una buena relación con Don Ramón Columba. Era un gran tipo. Lo que pasaba era que yo andaba de aquí para allá tratando de vivir de este oficio”.



Luego de ese momento, los caminos de Breccia y Columba no se cruzaron más, por lo menos directamente. El estilo del dibujante y las características graficas de las producciones de la editorial eran incompatibles.
El dibujante José Massaroli, explicó los límites que marcaba la empresa de la palomita a los dibujantes que querían ingresar a su staff: “Cuando fui a buscar trabajo a Columba, lo que me dijeron era que me olvidara de dibujantes como Breccia. Señalando que si quería estar en la empresa, las caras tenían que ser nítidas y lindas. Evidentemente, era una fórmula que para ellos funcionaba. Columba fomentaba esa estética que mencione para que la respeten los dibujantes y les imponía un concepto de aventura con fórmulas retrógradas, obligando a copiar a los autores más exitosos del momento En simples palabras apuntaba a la cantidad de material y no a la calidad. En la época que Columba se hace un medio de comunicación masivo, Alberto estaba en su mejor etapa de experimentación y eso no estaba en los parámetros de esa editorial que buscaba un dibujo más simple”.
En Nippur de Lagash, en el capítulo “La columna de los buitres”,que desde el humor  Robin Wood, quien había estudiado  dibujo con Breccia en la Escuela Panemericana de Arte, dando se cuenta él mismo que su lugar en la historieta era como guionista, escribiò esa historia.En la misma se ven personajes con caras del staff de Columba y caras del mundo de la historieta, entre ellos Alberto Breccia.
 
Massarolli, le diò otro sentido a la historieta ; “En una historieta de Nippur de Lagash; donde aparece el dibujante de Mort Cinder como un personaje, lo matan, siendo un claro símbolo de que la empresa no comulgaba con ese estilo de hacer historieta. Pero también el mismo Breccia no coincidía con esa forma de producir. Muchas veces, Alberto, me dijo hablando de un dibujante de esa editorial; “no se puede hacer mierda por 20 años impunemente”.
El paso del tiempo no puede ocultar, que Columba, la “gran” editorial de historietas de nuestro país y Alberto Breccia, el “gran” proletario del lápiz, siguen escribiendo la historia de las viñetas en nuestros pagos.



miércoles, 28 de marzo de 2018

Dentro de cuadro- Capítulo III


Por PaVla Ochoa

La niebla abrazó el desierto y una certeza se apropió de mí; ya no estaba solo.
 Los pastos duros, amarillentos y los pájaros saludando al sol era una belleza deslumbrante. No sentí miedo, ni nada parecido a esa sensación que casi siempre nos paraliza, nos atrapa en la quietud. No importaba la tierra en mi rostro como pedradas que acorta el aliento. Todo hervía de humanidad. Se me disparaba los pensamientos a una velocidad difícil de seguirle el ritmo. De repente recordé los hechos más recientes de las últimas horas; Carlos Nine en la vereda de la casa de Haedo de Alberto Breccia en una charla improvisada. Luego Horacio Lalia en un viaje en el tren Sarmiento por el viejo oeste. Y de la nada un pasado que no viví con encuentros extraños con Silvestre Szilagyi y José Masarolli. Este último me dejó hablando solo en este lugar.




Todo parece un sueño, pero ¿es realmente un sueño? Me pellizco la piel y sigo en el desierto. Las mismas tierras en el que la literatura y la historieta argentina han narrado andanzas criollas bajo la lógica de la civilización y barbarie del sistema que nos oprime aún en estos días.

¿Estoy enloqueciendo?

Solo observo el arenal, los matorrales, los manchones de pastos duros.
 De repente pude visibilizar huellas. Comencé a seguirlas, mientras las ideas recogidas en mis años de lector se empoderaban de mis huesos. La primera imagen fue el Cabo Savino, ese personaje que me acompaño de niño en las viejas revistas de editorial Columba de mi abuelo José.

 Siento frío en la espalda. Lo desconocido otra vez frente a mis narices. No medí el peligro y acelere el paso.

 UN ANGEL EN EL DESIERTO


  En el lugar hay olor a tabaco, a perro.
 El aire habla de un tiempo que se fue.
Un caballo corre en mi corazón y piernas tiemblan a la vez.
 Me arrastro como una hoja en el viento, hasta que veo una sombra al borde del camino. Corro hasta llegar a un árbol donde un hombre dormía.

No dudo y lo sacudo todos los huesos, hasta que abrió sus ojos.

 -Para pibe, ya está me hiciste rajar del sueño.

 -Disculpas, no se me ocurrió otra forma de despertarlo.

 -Bueno, obviamente lograste tu objetivo ¿que buscas che?

Pude distinguir que era Ángel “Lito” Fernandez, alumno de Alberto Breccia, parecía la reercanación de “Quijote de la Mancha”.

Nos sentamos alrededor de ese árbol de hojas grandes y tronco resistente y me preguntó:

-¿Te perdiste?

 -No. Me da curiosidad ¿que hace acá en el desierto?

-Esperó un amigo pronto a llegar.

 Ni lerdo ni perezoso le cuento todo lo que viví hasta que me encontré con él.
 Reímos juntos y comienza a darme su opinión de como ve la historieta actual: “Hoy a pesar de que bajaron las persianas las principales editoriales de historietas, fruto de las medidas neoliberales de las décadas pasadas. Ahora la pulsión de querer expresarse con imágenes por parte de los jóvenes, renuevan la historieta de ideas nuevas, aire fresco”.

Se suelta la lengua y sigue hablando: “Es impresionante la calidad de los nuevos artistas, tenes que tener en cuenta que nosotros somos trabajadores de la historieta. Alberto Breccia por ejemplo era un tipo que nunca se quedo quieto, siempre estaba explorando formas de decir a través de sus dibujos. Sus primeros trabajos fueron ilustraciones gauchescas para la revista “Resero” y en los últimos años de carrera trabajo el Martín Fierro con impresionantes dibujos”.

 -¿Cuál seria el consejo que darías a las nuevas generaciones?

-Es fundamental aprender de nuestro pasado para fortalecer a nuestros nuevos historietistas. Hay que transpirar tinta para estar en este mundo tan hermoso de contar historias, eso me enseño el viejo Breccia. Él te decía: “No te hagas el boludo, ponete a estudiar y no me vengas acá a hacerme perder el tiempo”. Era muy severo, pero muy derecho. Esos palos los teníamos que recibir pues éramos adolescentes, todos estábamos en etapa de formación y debíamos ponernos al tablero.

 -¿Como se describiría como dibujante?

-Fundamentalmente, soy un entintador. Es decir, sobre el boceto a lápiz de mis ayudantes, yo entinto. Es decir, soy un definidor de área, a veces puedo meterla y otras no. Cuando hay que entregar muchas páginas, mi método de laburo es así, con todos los riesgos que supone.

En medio de las reflexiones le pregunte sobre la persona que esperaba y me señaló el horizonte.

 Y ahí lo vi., era Carlos “Carlos Chingolo” Casalla, el hombre que marcó un récord mundial por serla persona que permaneció más tiempo haciendo la misma historieta en la historia del género.

Ese personaje de las viñetas argentinas es El cabo Savino, que nació en 1954 en el diario La Razón. Basta con poner en Wikipedia solo el nombre de Casalla para que aparezca información biográfica que ayude a conocer su historia: " Carlos "Chingolo" Casalla nació el 1º de mayo de 1926 en Buenos Aires. Es dibujante egresado de Bellas Artes, trabajó en publicidad y es músico de jazz. En el campo de la historieta, su maestro fue José Luis Salinas. En 1947, mientras cumplía el servicio militar, publicó en la revista El Soldado Argentino una versión ilustrada del Martín Fierro. El 1º de abril de 1954 apareció en la contratapa del diario La Razón su más reconocido personaje: "El cabo Sabino". Posteriormente, cuando pasa a la Editorial Columba, se le cambia el apellido por "Savino". La tira también se publicó en la revista Puño Fuerte, de Editorial Láinez, hasta 1959. Durante la década del 60 publicó "Pithy Raine" en las revistas Oklahoma y Texas, y "Álamo Jim", "Patrulla Americana" y "Hombres de Fortines" en El Tony y en Fantasía. En 1966 ilustró el cuento "El Valle del Sol" en la revista infantil Grillito. En la década del 80 dibujó "El Cosaco", "Memorias de un Porteño viejo", "Capitán Camacho", "De entre los Muertos", "Largo Nolan" y "Chaco". Vive en la ciudad de Bariloche desde 1968, donde ha realizado varios murales. Es autor de libros como El gran lago, Piedra Buena, Perito Moreno y 7 de Marzo, donde cuenta la historia del ataque brasileño a Carmen de Patagones en 1826. Entre 1992 y 2002 publicó una historieta diaria llamada "Pioneros del Sur". En la actualidad, publica diariamente la tira "El cabo Savino" en el diario Río Negro. En 2014 marcó un récord mundial por dibujar el mismo personaje (el cabo Savino) durante más de 60 años. Asimismo, por su trayectoria artística y personal fue declarado Ciudadano Ilustre de Río Negro en 2009 por la Legislatura Provincial ". El creador de Savino y dibujante de Alamo Jim , El Cosaco y Perdido Joe , entre muchos otros”.


Carlos "Chingolo" Casalla, se sentó al lado de Lito después de darse un abrazo fraternal eterno.


FRENTE A FRENTE



 Le comente de lo que estuvimos hablando de las nuevas generaciones y sin dudar señaló:” La nueva generación sufre la ausencia de editores de historieta. Hay obras fabulosas y es un esfuerzo de ellos y de nosotros para que este género no se pierda, sino estos chicos van a sentir una decepción, porque es como que tienen el bote pero no los remos y hay que acompañarlos para que nuestra historia no se pierda y que puedan trabajar de historietistas”.

-¿Cómo observa la historieta gauchesca en la actualidad?

-La historieta gauchesca se perdió hace mucho tiempo en este país, intente revivir pero lo hice con un milico, que la gente que ama al milico no se si ama al gaucho, pero la historieta gauchesca debería ser obligatoria porque no existe ahora, aparecen todos los personajes del género pero no un gaucho porque no es popular, solo el Inodoro Pereyra del Negro Fontanarrosa pero es lamentable que en Argentina estas aventuras no sea parte de la cultura popular.

-¿En que anda su personaje más famoso: El Cabo Savino?

-Lo deje de publicar este año en el diario Río Negro después de 65 años de hacerlo, pero ese personaje siempre tuvo hinchada y que no se supo aprovechar. Muchos que ahora me hablan me dicen que por el Cabo Savino comenzaron a leer antes de ir al colegio.

-¿Qué significa la historieta en su vida?

-Es todo, porque cuando estudiaba en la Escuela de Bellas Artes y salía a dibujar historieta y no a pintar. Si le tendría que dar un consejo a los nuevos dibujantes ¿Cual seria? Que se sienten que se acomoden en la silla y que trabajen para adelante. Que no retroceda porque eso no sirve, hay que tropezar con todo para ser historietista.


El clima era calido. Había muchas preguntas para seguir haciendo pero la noche se apropiaba de nosotros. Buscamos ramas de árboles caídos para hacer una fogata que nos permita pasar la noche. No había respuesta sobre los interrogantes internos que intentaban entender porque estaba donde estaba. Ya no importaba, dos gigantes de la historieta me acompañaban y nuevamente ya no estaba solo.


 Continuará...


Publicado originalmente en el número tres de la revista "A Tiza y Carbón"(2015)








martes, 27 de marzo de 2018

Dentro de cuadro - Capítulo II


Por PaVla Ochoa


LA AVENTURA SIN TIEMPO

Me despierta el calor infernal. Estoy bastante sucio, toda mi ropa sangra de tierra. Me lavo los dientes con un cepillo viejo y me quedo sin explicación alguna, frente al espejo. No encuentro nada especial, sólo mi rostro cansado. De repente, otra vez la misma pregunta se desprende en el aire asfixiante del lugar: ¿Está el pasado tan muerto como creemos?





La oscuridad de la casa brilla en sus interrogantes dormidos.  Pongo a calentar el agua y luego me preparo unos mates, mientras reviso viejos libros y apuntes. Junto mis cosas y arranco. Me molesta el sol, pero es la misma ciudad la que se encarga de melancolizar mi sobriedad en la búsqueda de reconstruir ese universo misterioso que es el ayer. Hay un olor similar al tabaco de una pipa añeja, esa que tiene el saber de los años. Me quedo quieto sólo un instante y me decido nuevamente a seguir viaje.  El silencio me tapa los oídos. No puedo dejar de pensar en ese hombre: Alberto Breccia. Pero, a la vez, otros nombres pasan como viento y lo revuelven todo, porque de él se desprende casi toda la historia de las viñetas argentinas. Héctor Germán Oesterheld, Oski, Hugo Pratt, Dante Quinterno, Carlos Trillo, Francisco Solano López, Horacio Lalia, Leonardo Wadel, Carlos Garaycochea, Domingo Mandrafina, Lito Fernández, José Luis Salinas, entre otros, hicieron y hacen que la aventura entre por los poros y no te abandone nunca.  El sol es el tiempo y eso es indiscutible, pero ahora, sin que me diera cuenta, el cielo se convirtió en un mar gris. Todo alrededor está desdibujado. No llego a distinguir dónde estoy, hasta que el viento acerca a mis pies un diario. Llego a descifrar que es Clarín, lo levanto e inmediatamente voy a leer su contratapa. Es ahí donde todo se convierte en desconcierto y el asombro llega como un disparo en la sien.

JOSÉ LUIS SALINAS: SINÓNIMO DE LA AVENTURA

Es evidente que los autores y personajes de las historietas de ese periódico no son los que se publican diariamente en la actualidad, porque en el ejemplar que tengo en mis manos están El Loco Chávez, Clemente, Diógenes y el Linyera, Teodoro, entre los chistes unitarios de Fontanarrosa, Dobal  y Crist. Levanto la mirada y  me doy cuenta que ya no estoy en las mismas calles en la que todos los días naufrago. Me pregunto en voz alta: ¿Qué año es?

La fecha del periódico, sin mucho misterio, me devela la respuesta cronológica: 29 de noviembre de 1984.  No llego a entender nada de nada: ¿Estoy realmente en 1984?


Comienzo tímidamente a leer el diario y un artículo del suplemento cultural es un imán que me atrae con intensa fuerza. Su título parece una broma del destino: “Los caminos de la aventura; Salinas, Pratt, Breccia”.

Una chispa en la pluma de Sasturain enciende el fuego del pasado: “Salinas, el ilustrador brillante, el anatomista riguroso, el PROPIETARIO NATURAL de la fauna salvaje y de los trajes de época…Simultáneamente, con un mismo gesto, despliega nuestra primera gran historieta de aventuras, funda una tradición y se constituye en modelo de difícil acceso, casi un límite para las pretensiones de quienes lo siguen: NADIE puede dibujar sus caballos, las escenas de acción multitudinaria, un abordaje, un flanco de tigre…Y no es demasiado decir que toda la obra posterior -de las adaptaciones de los clásicos de aventuras al Cisco Kid- son sólo y nada más que modulaciones, variantes leves, alardes de destreza de documental o compositiva dentro de un estilo que tiene su techo propio en el clasicismo. De ahí la homogeneidad impresionante de su obra. Sin fisuras ni claudicaciones, sin saltos ni cambio de rumbo: no hay aprendizaje y búsqueda en Salinas, sino desarrollo fluido, perfeccionamiento. Como un modelo exitoso de automóvil, cada nueva entrega suma detalles a un módulo básico, inmodificable: es el espectáculo de la perfección siempre nueva y la misma. Por eso en la historia de la historieta nacional, Salinas está solo”.

Me quedé mirando la ciudad, mientras un perro imitaba un movimiento fantasmal. Recordé que la figura de Salinas a Breccia lo paralizó y le generó angustia en sus inicios, pero la fuerte convicción de querer trabajar haciendo historietas lo hizo mejorar en la profesión. Por eso, junto a Pratt y Salinas, comparte una cualidad:  los tres llegaron a la cima siendo autodidactas netos. No pude seguir con los pensamientos sueltos sobre esas leyendas del mundo de las viñetas, porque el cielo comenzó a cambiar sus colores, sin aviso alguno. De repente, todo fue viento y relámpagos.

UN HOMBRE LLAMADO SILVESTRE





Sin entender mucho de cómo iba la cosa, solo atiné a correr en búsqueda de un refugio, utilizando el periódico como paraguas improvisado.  Claro, eso no evitó que mi cuerpo se convierta en líquido puro. Empapado de lluvia, pude distinguir una vieja casa en una esquina con un viejo cartel inmobiliario que rezaba que la vivienda estaba en venta. A los tumbos, salté el alambrado y forcé la puerta de entrada para ingresar al lugar. Ya dentro, el olor a encierro, a humedad, ingresó por mis pulmones, hasta generar un cambio espontáneo del sistema respiratorio. 

Las sombras de los muebles coloniales, el silencio, me paralizó  los huesos. Por unos segundos quedé quieto, sin reacción. Hasta que fue entonces que cayó una gota. Como un reloj, le siguió otra tras otra, hasta hacerse un inmenso charco. Exploré el inmueble y un dormitorio lleno de polvo y de polillas me llamó la atención. Ni mire los libros, la luz en el centro de la habitación me atrajo con fuerza de imán. Pude sentir una respiración y grite: ¿Quién anda ahí?

Nadie respondió. Avancé unos metros hasta que pude distinguir la sombra de un cuerpo. Por un momento creí que no habría  nadie en el lugar, la aparición en escena de otra persona, cambio rotundamente la situación. Le digo quién soy. Me mira alegremente y me saluda mientras me extiende un mate. Sonrío y tomo de la bombilla, me quemo la lengua, no me importa. La lluvia sigue con sus golpes ruidosamente en el techo de chapas.

-¿Quién es usted? -le pregunte.

-Silvestre. Mi nombre es Silvestre Szilágyi -contestó el señor de 65 años de edad, de libre pelo blanco que brillaba en la oscuridad y  de flacos brazos.

No había dudas, de lejos, con ese pelo cano que llevaba algo parado -y eso acentuaba la sensación de altura-,  parecía ese terrorífico enemigo de El Eternauta: un Mano; pero de cerca era un hombre amable convertido en un improvisado cebador.

-¿Qué pasa pibe, te dio cagazo encontrarme?

- La verdad, no le voy a mentir. Sí.

- Y lo mismo me pasó a mí, flaco.

Respiré aliviado y le pregunté:
-¿Usted qué hace acá?

-Este… soy dibujante de historietas…

-Dibujante de historieta… esto sí que es casualidad.

Me doy cuenta que esta última parte del diálogo fue un calco  sin permiso de la célebre frase del histórico texto de esa obra maestra de la ciencia ficción creada por Oesterheld y Solano López, esa de la nieve mortal. Ya nada importa. Silvestre me cuenta entre mates que, como su familia había venido de Hungría, hasta los 5 años no sabía hablar español. Me cuenta que actualmente dibuja un personaje que amaba en la niñez: El Fantasma (The Phantom) y que ilustró relatos bélicos, aventureros, históricos, policiales y hasta romances. Señala algunos autores de su época de lector a quienes admiraba porque lo hacían vivir la aventura plena; Hugo Pratt, Arturo del Castillo, Alberto Breccia, José Luis Salinas y Francisco Solano López: Para mí, es muy importante esta profesión, porque puedo contar una historia con dibujos. Cada uno que quiere contar historias a veces cree que necesita utilizar un set de filmación para hacer una película, pero en realidad un lápiz y un papel es mucho más barato”.

-¿Cómo llegó a ser dibujante?

-Desde antes que tenga memoria, un abuelo me decía que yo dibujaba desde chico, cuando aún no sabía hablar, ruedas, que era lo que me llamaba la atención. Después seguí dibujando trenes, autos y a los 8 años comencé a leer historieta y copiar personajes.

-¿Conoció a Alberto Breccia?

Comienza a reír a carcajadas y me contesta:
-Sí, fui alumno de él. Una vez fui a la Editorial Columba con dibujos de aficionado y ahí me recomendaron que vaya a perfeccionarme en algún curso de dibujo y me mandaron al Instituto de  Arte (IDA), y la verdad que yo no sabía quién era Breccia. Pensé en primera instancia que hacía humorismo porque cuando él decía Mort Cinder, yo no conocía al personaje y creía que era un personaje cómico llamado “Morcilla” y cuando vi los dibujos me di cuenta que era otra cosa. Son esas cosas que pasan por no conocer.

-¿Cómo era el maestro?

-Era bastante estricto y muy serio. Decía lo que pensaba sin anestesia. Es decir, si algo no le gustaba decía: “Rómpalo y quémelo”. Esa honestidad nos servía para esmerarnos en nuestro trabajo, para que no diga eso.

Se miró al espejo como si estuviera mirando a otra persona. No paró de hablar ni por un segundo. No le importaba si lo escuchaba o no. Me dijo que lo buscara si alguna vez necesitaba algo. Ese detalle me emocionó en una ciudad donde todos andan apurados. Esta vez puse yo a calentar la pava en una pequeña lata que hacía de brasero. Hundí en la yerba una cuchara de bambú con la forma de un tobogán, la descargué sobre el mate. Incliné la calabaza para que la yerba quedara a desnivel. Mojé la yerba con agua fría y la dejé asentar. Silvestre estaba a mí lado y miraba atentamente.

 Los recuerdos flotaban en mi memoria. Él llevo la bombilla a su boca y quitó sus labios con dolor. Se ahogó unos segundos. Las lágrimas pestañeaban sus ojos.  Su lengua se había quemado por mi inexperiencia como cebador que intenté disimular con esa previa ceremonia “matera”. No me dijo nada, hizo de cuenta que nada había ocurrido y me dio un consejo por si yo era dibujante: “Pibe, tenés que dibujar todo lo que puedas del natural, en especial figura humana, tanto vestida como sin ropa, para estudiar bien todos los detalles. También hacé bocetos de animales, autos, porque ahí se traslada lo que son las tres dimensiones en la que vivimos: ancho, alto y profundidad, donde la trasladamos a dos dimensiones en una hoja. Hay que tener bien claro la diferencia entre lo que es línea y mancha, pero nunca te olvidés que la historieta es contar una historia, más allá de ser un buen dibujante. Hay que aprender a mirar a nuestros alrededores y dibujar para comunicar una idea”.

Me río, porque de chico alguna vez soñé ser un profesional del lápiz en el mundo de las viñetas. Claro, eso no prosperó, pero no sé por qué no se lo mencioné a Szilágyi. Nos quedamos hablando de fútbol, de música, de mujeres. La lluvia seguía afuera. Y volví a preguntarme: ¿Estoy realmente en 1984?  A esta altura, ya no tengo la certeza de nada.

El personaje misterioso que no dejaba de sonreir nunca, se durmió en el piso de madera, entre el polvo de los muebles y el aroma del pasado. Al rato, lo seguí. Ambos quedamos atrapados en los sueños.

DESPERTAR SIN DESPERTAR

Al día siguiente me desperté con la misma energía de quien saliera a la calle a pedir ayuda ante la amenaza de un incendio u otro peligro humano. La transpiración  es el síntoma que me dio la razón en una vieja idea que siempre he tenido: “Cada hombre lleva adentro un demonio y a veces más”. Inmediatamente, en una acto reflejo, busqué a Silvestre en  la habitación, pero ya no estaban ni el dibujante, ni la vieja casa. Ya no había nada de nada. El horizonte fue la estrella que me orientó geográficamente, pero no temporalmente. Todo alrededor era tierra y montañas. Ahí tome la decisión de caminar hacia adelante, como si eso fuera un presagio o algo similar. Mientras mis pies cansados dejaban huella en el camino, una voz comenzó a escucharse. Y cada vez más fuerte. Hasta que el grito se hizo hombre.

Ante mi cuerpo desgastado por caminar sin rumbo, encontrçe a otro en similar estado. El individuo se presentó con el nombre de José Massaroli. Recordé que ese hombre había sido dibujante de Editorial Columba y que es especialista en historieta gauchesca, una vez más un trabajador del lápiz estaba enfrente, así que, después de la obligada presentación y explicación circunstancial, le dije:

-¿Dónde miércoles estamos?

-¿Vos te creés, flaco, que si lo supiera te hubiera gritado como lo hice en esta selva desierta?

-Es que…

-¿Te ocurre algo, Fernando?

-Yo no soy Fernando. ¿Quién es usted?

De repente soy un monstruo disfrazado con ganas de romperle las muelas e hincharle los ojos. Dudo. Una bandada de perros me rodea y me les enfrentó:

-¡Fuera, perros, quítense de mi vista!

En ese instante un disparo de carabina despertó los ecos del desierto y siento como una bala que perfora mi piel. Me desmayé en el lugar, pero un buen trago de coñac me reanimó.

-Estas delirando, flaquito. ¿Por qué no te quedás tranquilo? ¿Empezamos otra vez?

Me quedo quieto y Massaroli aprovecha para contarme que casi fue alumno de Alberto Breccia y, además, me da detalles de su estadía en la empresa de la paloma. Es ahí que reacciono y nuevamente me pongo el traje de periodista y comienzo a escucharlo: “Cuando fui a buscar trabajo a Columba,  lo que me dijeron era que me olvidara de dibujantes como Breccia, señalando que  si quería estar en la empresa,  las caras tenían que ser nítidas y lindas. Evidentemente, era una fórmula que para ellos funcionaba”.

-¿Cuál era la fórmula que funcionaba?

-Columba fomentaba esa estética que mencioné para que la respeten  los dibujantes y les  imponía un concepto de aventura con fórmulas retrógradas,  obligando a copiar  a los autores más exitosos del momento. En simples palabras, apuntaba a la cantidad de material y no a la calidad.

-En los primeros años de la empresa, Alberto Breccia realizó una historieta cómica para “Páginas de Columba”, pero después no participó más en las revistas de aventuras  ¿Por qué cree que el dibujante de Mort Cinder no  volvió a trabajar para esa editorial?

-En la época en que Columba se hace un medio de comunicación masiva, Alberto estaba en su mejor etapa de experimentación y eso no estaba en los parámetros de esa editorial, que buscaba un dibujo más simple. Es por eso que en una historieta de Nippur de Lagash, donde aparece el dibujante de Mort Cinder como  un personaje, lo matan, siendo un claro símbolo de que la empresa no comulgaba con ese estilo de hacer historieta. Pero también el mismo Breccia no coincidía con esa forma de producir. Muchas veces Alberto me dijo, hablando de un dibujante de esa editorial: “No se puede hacer mierda por 20 años impunemente”.




-Al aparecer en el mercado la revista Skorpio, de editorial Record, da la sensación que Columba cambió algunos parámetros de producción. ¿Coincide con esta apreciación?

-Hubo un momento en que Columba tembló, cuando aparecieron en los kioscos las revistas de Editorial Record y vio que los dibujantes se le iban a la vereda del frente, porque pagaban más dinero y les permitían lucirse más, pero eso duró muy poco tiempo.

-Concretamente, ¿qué hizo la editorial de la palomita?

-Ante esta situación, Columba tomó dos resoluciones: aumentaron un poco los precios y dieron más trabajo. En esos tiempos el dibujante estaba acostumbrado a vivir bien y, al abrirse la posibilidad de tener más páginas, contrataron ayudantes, así les quedaba tiempo libre para hacer historietas para Europa. Entonces, lo que sucedía era que se producía cada vez más, pero el nivel de calidad cada vez era menor.

Quedé impresionado al visibilizar cómo un solo hombre puede hacerle recorrer a uno la historia misma de la historieta argentina. Hasta que el mismo Massaroli, me ubicó:

-Pará, flaquito, ni que fuera una enciclopedia viviente.

Todo era un vendaval de imágenes y recuerdos. En el viaje sin rumbo, Salinas y la Editorial Columba fueron luz en la oscuridad y un regreso inevitable a ese pasado que no está muerto como creemos.

Sin reparar en mí, Massaroli se apartó de pronto. Me dio bronca que me dejara así plantado, sin acordarse de decirme nada. Una niebla abrazó al lugar. Todo se espesaba. Apuré el paso. Aún no entendía: ¿Estas apariciones de los últimos días eran ilusión mía o todo ocurría de verdad? Pero de algo estaba seguro: ya no estaba solo.



Continuará…



Publicado originalmente en el número dos  de la revista "A Tiza y Carbón"(2014)





miércoles, 21 de marzo de 2018

Dentro de cuadro Capítulo 1: Huellas de dibujante


Por PaVla Ochoa

Allí estaba la casa. “Su” casa de Haedo. Rodeada de inmensos árboles y plantas.  Era más de lo que me imaginaba. Me quede quieto sintiendo el tibio y fuerte golpe del viento contra mi cara. Todo era colores indescifrables en esa estructura edilicia que albergó al más grande dibujante de estos pagos. Aún hoy se escuchan las pulsaciones de sus trazos. Ahí estaba yo, para ser más preciso en la calle Alberto Vignes al 532. Con varios recortes periodísticos en mi bolso y ejemplares de revistas de historietas, un intento incesante de saber más de lo que informa Wikipedia. Miré a los alrededores, ni un alma se acercaba a mis huesos cansados. Cerré los ojos intentando viajar en el tiempo. Pero en el fondo sabía que eso era imposible. Al abrirlos nuevamente estaba como ebrio, desorientado, aturdido. Peor no podía estar, encima alguien me observaba y se reía de mí.

¿Esta bien muchacho?- me pregunto un señor que por deducción sonora tendría alrededor de los 70 años, ya que  el efecto borrachera no me permitía ver nada.

-Más o menos- conteste

-¿Tiene las encías hinchadas?

-No.

Respiró aliviado y me dijo antes de comenzar a dar gigantes carcajadas: "Uf! menos mal, pensé que podría ser un exceso de masturbación".

No podía creer, era él. Pero la verdad era que estaba más desorientado que bola sin manija y solo veía rasgos distorsionados de su silueta. Casi como un presagio recordé una frase de una canción de Violeta Parra; “La vida es eterna en cinco minutos” y sin razonamiento alguno le consulte si era posible hacer una entrevista para un medio alternativo. Me investigó con su oficio de observador y terminó aceptando la propuesta.
Tibiamente le dije:

-¿Me permite llamarlo Tito?

-Creo que usted me confunde, mi nombre es Carlos.

- ¿Carlos Nine?

-Sí

-Por el chiste creí que usted era….

-No pibe ese comentario me lo hizo mi amigo. No des más vueltas y pregunta.

Mi ceguera no me ayudaba demasiado, así que directamente fui al grano del asunto:

-¿Cómo era el viejo?

_ Suerte que no esta para escucharte, no solamente odiaba a los especialistas teóricos de la historieta, sino que detestaba que lo denominen así.

-Esta bien, tiene razón ¿Cómo puede describirlo?

-Tenía maneras de hablar e inflexiones en la voz que me hacían recordar a la parte italiana de mi familia.  Una vez, en la provincia de Santa Cruz,  le tomé unas fotografías muy buenas, a él le gustaba que lo fotografiaran, y le dije que se parecía extraordinariamente a mi tío Mario.  Me dijo entonces que este Mario debía ser una buena persona.

Se quedo en silencio y terminó la respuesta; “La verdad, flaco que yo lo veía como una especie de padre para mí”. Sonrió y sus ojos me miraron en silencio. Entonces intente rumbear la conversación para otro lado:

-¿Usted era lector de historietas?

-Sí, fue una lectura de la adolescencia y esas experiencias son imborrables.  Era un seguidor de Sherlock Time. La verdad es que no podía creer fuera el mismo dibujante que hacía "Vito Nervio" meses atrás. Pensé que se había vuelto loco.  Lo increíble es que por ésa época vivíamos en esta misma ciudad, a pocas cuadras de distancia, aunque jamás me lo crucé.

-Pero, si  tuviera que elegir una de sus historias o de sus tiras en particular; ¿Cuál sería?

- Me quedaría con "Pancho López", "Sherlock Time", "Mort Cinder", y la recreación de cuentos infantiles clásicos que hizo con guión de Carlos Trillo, aunque en realidad me gusta todo. Durante todo el "Vito Nervio" fue un dibujante correcto, "normal".  A partir de "Pancho López" y "Sherlock Time" le dio el ataque de locura que ya no paró hasta que se murió. 

- ¿Cómo lo definiría como artista?

- Tenía la curiosidad y el afán experimentador de un renacentista.  Los "collages"
que desarrollaba en la recreación de cuentos clásicos lo acerca a los maestros del expresionismo, del último cubismo, y lo empareja con Antoni Tapiés.  En vez de tener una conciencia artística "dividida", pudo unificar sus intereses estéticos en un mismo plano.  Era un pintor que hacía historietas.  Un caso parecido al de Lyonel Feininger.

-¿Podríamos decir que era un irrespetuoso a las regla del mercado editorial?
-Era un tipo que arriesgaba todo el tiempo, él no se quedaba…porque hay tipos que se arman un estilo y se quedan a vivir ahí. En cambio Alberto llegaba a un lugar, lo dominaba perfectamente y al otro día lo tiraba a la mierda y empezaba de nuevo. Esa actitud de correr un riesgo no es habitual. Le gustaba el peligro. Además siempre vivía al borde de algo ¿no? Una desgracia familiar, algún tipo de cuestión jodida y salía para adelante. No se achicaba.

-¿Cuál era su ideología?

- Él se comprometió ideológicamente, aunque no políticamente.  Esta diferencia es sustancial.  Creía en determinadas ideas. Por ejemplo considerar a los dibujantes como trabajadores, no como aristócratas. Sentía que los partidos políticos con los que tuvo que convivir en su época no lo representaban. Es lo mismo que siente mucha gente hoy.

Nine, sentó su cuerpo en el borde del cordón de la vereda y me hizo el siguiente relato: “Hemos ido juntos a varios lugares y siempre armaba quilombo. Cuando lo ensalzaban como autor de historietas, él los mandaba a la mierda porque no se consideraba autor de historieta porque no le gustaba ni la leía. A él le interesaba la plástica y la pintura. Cuando venían los pintores para decirle: “Claro, yo creo que Ud. es de los nuestros” y qué se yo, él decía que lo dejaran de joder, que eso era arte popular, o sea la historieta. Volvía loco a todo el mundo, tiraba datos falsos todo el tiempo”.

Reaccioné de pronto al sentirme estimulado por  esas reflexiones y le consulté sobre el mito de que Breccia un día quemó los originales de Vito Nervio. Carlos, pareció como buscar la respuesta en el aire y escupió en voz alta: “Yo no lo creo, pero puede ser. Tengo un original de Vito Nervio que compré hace poco…Él era muy dramático, muy teatral, tiraba esos datos impresionantes que vos decís “¡A la mierda!” Pero anda a saber si lo hizo. Por ahí no lo hizo…ojala no lo haya hecho”. 
Su voz se quebró cuando dijo sin previo aviso un sentimiento simple y profundo: “Lo extraño mucho… Es muy duro que no esté con nosotros.  A veces es insoportable”.  

 Intente imaginar sus ojos, sus lagrimas, pero aún me encontraba mareado. Como si todo lo que me sucedía en ese momento le pasaba a otro y no a mí. Sacudí la cabeza y cuando volví en razón ya no había nadie a mi lado.

Comencé a alejarme de la casa. Seguía con toneladas de interrogantes. Ni la física cuántica, ni el marxismo, ni la anarquía o la teoría funcionalista me ayudaron para articular una respuesta sobre lo acontecido. La aventura de reconstruir la historia de vida de un gigante de la historieta, recién comenzaba para mí.




Mort Cinder en el Oeste

Me perdí entre los trenes que no llevan a ninguna parte, esos que nos regresan a algún lugar al que no queremos volver. Ya en el Sarmiento, la vista comenzó a afinarse un poco. No podía dejar de pensar en la pobreza que fue como un buitre que picoteó los pies de Breccia, desgarrando sus  zapatos, volando en círculos amenazadores alrededor. Un hombre que no se canso de repetir: “Para hacer historietas hay que estar dispuestos a sacar las tripas para afuera”. Seguir sus huellas, se convertía en una sana obsesión por mi parte.

El ruido de la serpiente metálica que atraviesa el oeste del conurbano bonaerense, me ubicó en tiempo y espacio. Pude respirar los rostros de los viajantes. Rostros con  almohadas en sus ojos de  explotados, que oxidan soles y lunas. De repente allí lo vi. Entre sombras, una silueta negra recortada apareció de la penumbra del tren. Fue una revelación sin misterios, el rostro era el de Mort Cinder.
Eran tanto lo que tenía que preguntarle…Estallé…

-¿Puede decirme  como…?

-Tranquilo joven- respondió Horacio que transpiró hace más de cincuenta años atrás  la obsesión de Breccia  por estudiar la iluminación para potenciar los contrastes que proponía Oesterheld como guionista.

No me dio tiempo a nada.: “Alberto era un gran tipo, más allá que era una especie de coraza que tenía hacia el exterior, cuando uno lo conocía veía a una persona muy sensible y no tenía tan mal carácter. Simplemente era una postura que el asumía porque no le gustaba ciertas cosas Y ponía un poco de distancia, pero realmente él era una gran persona”.

Suspendido en el tiempo, recordó su etapa de ayudante de Breccia: “Con él generalmente empecé arreglando historietas antiguas, historietas que tenía y yo las iba arreglando, le posaba y tomaba apuntes. Tiempo después le empecé a hacer algunos fondos, le hacía algunos grises, pero no intervenía en su trabajo”.

- ¿Qué le pasó internamente cuando descubrió que el  rostro de Mort Cinder estaba inspirado en el suyo?

-Como estaba permanentemente conmigo, empezó a ver mi cara a la que estaba acostumbrado a dibujarla y la torturó para que sea la de un tipo de 40 años que venía de la muerte. Tenía la mitad de la edad del personaje de Oesterheld, no imagine que iba a quedar definitivamente mi rostro. Nunca me comentó o me pidió permiso para usar mis rasgos, simplemente sucedió. Cuando le preguntaron él dijo: “De alguna forma es la cara de Horacio, pero lo que pasa es que sale un poco como Sherlock Time que es la idea de cara de lata, pero de cierta forma es la de Lalia”. La verdad es que si observan una fotografía mía de esa época, los perfiles de ambos son iguales solo que más sufrido y con ojeras.

 Esa apertura al diálogo, su  garúa de recuerdos, me brindó seguridad para decirle sin filtro alguno:

-En la entrevista con Trillo y Saccomano, Breccia mencionó que solo tenía ayudantes para que le cebaran mate y que le posaran ¿Aceptó usted esa declaración o realmente le molesto?

-Alberto era de decir esas cosas, en realidad  mi trabajo consistía en hacer el archivo aparte de cebarle mate o de posarle en algún momento, algunos fondos había hecho en Mort Cinder, pero él era muy meticuloso para que le tocaran el trabajo, realmente no le gustaba que le metieran la mano en su trabajo. Hice algunos fondos de retícula como el de la prisión, ahí me dejo meter un poco la mano, pero no me tenía solamente para cebar mate.

No habló más. Hubo un silencio absoluto. Cuando quise retomar la conversación, Lalia ya no estaba ahí. Igual a lo que ocurrió con Nine. Me deje agarrar por la incertidumbre. Todo era un ir y venir por esa vida que se quedó incrustada en la materia inerte (nunca diré muerta) de las cosas.


La Vuelta al hogar

Era obvio que era un día brecciano, por donde se mire.
Pensaba en él, todo el camino.
En su paso silencioso por su casa.
En su arte al alimentarse, siendo la pizza con ensalada una de sus comidas favoritas.
En su fanatismo por el boxeo y en la particular figura del  Justo Suárez, el “Torito” de Mataderos.
En su repentina intervención con sus amigos en la murga “Los Dandys de Mataderos”.
En su magistral yunta de retórica grafica que generaron con Oesterheld.
En su amistad con Oski.
En su amor  brindado a sus más de ocho gatos que habitaban su casa de Haedo.
En su operativo de sobrevivencia que se reducía a una sola palabra;” pucherear”, pero que nunca lo convirtió en un mercenario.
En su fidelidad a sus amigos de la infancia y a su pasado en su rioba; “Mataderos”.
En definitiva, pensaba en Breccia abarcaba todo razonamiento en ese momento.

Me estremecí en soledad mientras caminaba por el asfalto y reconstruí en una veloz imagen sensorial, su rol de jardinero. A él le gustaba juntar las hojas, podar las plantas y hacer grandes fogatas. Su compañera de vida, Irma Dariozzi de Breccia, me comentó en largas charlas que pudimos tener en estos últimos años, el asombro de Alberto cuando visitó a Sábato en tiempos de la preparación en conjunto de la adaptación en historieta de “Informe sobre ciegos” y observó que el escritor no tocaba ni una sola hoja de su jardín;” Impresionaba ver su rostro cuando miraba esas hojas en el suelo, porque a Sábato le gustaba contemplar la naturaleza sin el orden de la limpieza que lo apasionaba a él”.

Además, Irma, describió en esas conversaciones que el dibujo en Breccia fue la razón de su vida en cada despertar cotidiano;” A la mañana se levantaba, tomábamos unos mates, hasta el mediodía que comíamos algo liviano y después hasta las ocho de la noche no se levantaba de su tablero. Trabajaba con un entusiasmo, dibujó y pintó hasta tres días antes de morir, es decir previo a la internación. Hasta me hizo una caricatura, cuando me quedaba con el, media dormida. Ha sido el mejor dibujante de nuestro país, no solo porque fue mi esposo sino porque sobre todas las cosas por lo que demostró en sus obras. Fue mi maestro”.

Esas palabras, de la mujer que fue su compañera de vida,  hacían que hiciera imposible frenar mí la imaginación sobre él. La postura de alguien que nunca se consideró un “artista” y  que fue un revolucionario del Arte, es seductora.





Quizás fue instinto, pero sin explicación, apenas llegue a mi casa donde los pájaros madrugan en un chocar de ventanales y un árbol de nísperos es recuerdo niño que no detiene su caminar, aunque nunca se disfruté de sus frutos, husmeé  mis libros desordenados. Entre las telarañas del mundo de letras donde se despierta el nirvana del obrero, el regalo de Cesar Vidal, el póster de Revista Fierro de la Batalla de “La batalla de las Termópilas” de Mort Cinder firmado por Tito en 1984, se convirtió en verbo que alimentó el vacío. Busqué la fotocopia de la entrevista que Vidal le realizó en el invierno de 1987 para su revista H.G.O. En ese reportaje el dibujante habló de varias de sus obras y también de sus colegas.

H.G.O – Hablemos de Leonardo Wadel, el creador de “Vito Nervio”.

B- Fue el que creo el oficio de guionista en la Argentina, junto a Dante Quinterno. En general el dibujante hacia los guiones, letra, color; no barría el piso de la editorial por casualidad. Entonces Quinterno, que pretendía dignificar el oficio, llama a guionistas y dibujantes y los hace trabajar en equipo.

H.G.O - ¿Tenía libertad para trabajar en la Editorial Dante Quinterno?

B- Si, siempre que no hubiera sexo, excesiva violencia, cadáveres mutilados, etc. “Patoruzito” era una revista que pretendía ir dirigida a la familia.

H.G.O- ¿Qué diferencia encuentra entre los guiones de Trillo y los de Oesterheld?

B-  No se pueden comparar. Son otra cosa, otra época. Héctor jugaba mucho con la aventura. Había roto con la mistificación del bueno sin fallas y el malo sin errores.
Héctor fue el que abrió el camino para que luego lo siguieran guionistas como Trillo, Saccomanno, Sasturain y muchísimos más de primer nivel.

Me dejo atrapar por esa charla de hace 26 años atrás y no paro de reír ante la respuesta a un interrogante de mi amigo:

H.G.O- El hombre está muy marcado en sus historietas ¿Por qué la mujer aparece solo como un personaje secundario?

B- Eso habría que preguntárselo a quienes escriben mis guiones. Otra razón es que no se dibujar mujeres lindas. Me salen feas. Me gusta dibujar viejas y fuleras. Las mujeres lindas son para mirar y otras cosas. Pero no para dibujar.

Desterré una lágrima y mi mirada se perdió en el absoluto blanco de las paredes de mi buhardilla personal.

Su imagen personificada en el anticuario de Mort Cinder, abrió un interrogante en la puertas de la noche: ¿Esta el pasado tan muerto como creemos?

Sin respuestas, solo escuché el sonido de los alrededores.
Afuera el ruido tibio de la ciudad sin nombre.
Adentro mis libros y mi soledad.
Tuve en ese momento,  la certeza de que todo lo sucedido en esa jornada misteriosa era  a  penas el inicio de un largo camino en la búsqueda de un ayer con olor a presente.


Continuara…


Publicado originalmente en el número uno de la revista "A Tiza y Carbón"(2013)